jueves, 10 de junio de 2010

La instrumentalización de la estética como arma arrojadiza. Opinión de Ester Astudillo a propósito del libro "Devenir perra", de Itziar Ziga

La instrumentalización de la estética como arma arrojadiza

Reseña de Devenir perra (Barcelona: Melusina, 2009), de Itziar Ziga
Por Ester Astudillo - 9 de Junio de 2010.


Q


uienes nos autodenominamos ‘feministas’ –ergo ‘de izquierdas’, o ‘progresistas’, aunque estos términos estén cada vez más denostados y vaciados de un significado puramente denotativo–, feministas digo sin especificar género, que de ambos -¿ambos?- géneros l@s hay; quienes nos cualificamos de tal, si además acarreamos un bagaje formativo-profesional llamémosle ‘académico’, hemos querido creer en una cierta linealidad del devenir histórico y social, sin duda atribuible a la visión historicista  del marxismo imperante. El advenimiento del feminismo era pues inevitable –y era, además, razonable, entendido como justo, tanto como lo era para los marxistas la dictadura del proletariado. Sin embargo, la realidad y el paso de los años han acabado imponiéndose y demostrando que, fueran o no inevitables, ni uno ni otro eran en modo alguno ni en ningún caso definitivos, no ponían un punto final a la historia, ni en los términos que postuló Marx en el s. XIX, ni en los de Fukuyama en el s. XX.
El libro de Itzíar Ziga, entre otros muchos alegatos, viene a reírse de la caricatura del intelectual –por favor, léaseme el masculino como un genérico, no querría infestar este texto con barras -o/-a–  del intelectual de izquierdas tópico y más al uso, o intelectual de despacho: serio, sesudo, articulado, erudito, infaliblemente coherente, pagado de sí mismo, verbalmente crítico con el sistema pero de facto integrado en sus estructuras de poder, acomodado –por no decir aburguesado. Los ideólogos del feminismo que han hecho Historia –con mayúsculas deliberadas– se incluyen sin ninguna duda en ese grupo. Ha habido desde los inicios de la modernidad una clara división del trabajo: el terreno de las ideas, para los intelectuales; el del activismo, para los políticos… y a partir del ocaso del s. XX yo añadiría que cada vez más para... los performers.
Pulsa en la imagen para leer mejor el texto de de la contraportada del libro
Los intelectuales progresistas pretendían cambiar el mundo desde fuera, buscando un paradigma alternativo, invalidando las estructuras de poder y sus mecanismos de autoperpetuación; los performers, entre los cuales espero no errar en demasía si incluyo a Ziga, pretenden cambiar el sistema y los circuitos interpretativos desde dentro: no invalidando los procesos sino subvirtiendo su interpretación –y excuse el lector mi sesudo análisis, que me asigna sin apelación posible a uno de los dos grupos aquí descritos–: si no podemos sustituir un juego por otro… cambiemos al menos sus reglas, parecen gritar.
Este nuevo estilo de lucha guerrillera lleva ya décadas dejándose notar, y el rasgo común primordial en los diversos ‘movimientos’ que se han ido sucediendo en dicha guerrilla es una desviación del peso del discurso desde la ética en favor de la estética –espero no ofender a nadie ni parecer excesivamente banal. En definitiva, ha habido y hay cada vez más un desplazamiento de la lucha por el cambio –o la revolución y contra la base misma del sistema desde el terreno de las ideas, en beneficio de la lucha de facto contra los mecanismos semióticos de interpretación de los sucesos que genera el sistema.
Desde mayo del ’68 no han cesado –aunque las bases se sentaran antes con Andy Warhol y la subsiguiente y a mi parecer bien llamada banalización e industrialización del arte– los movimientos contra-culturales que, fagocitados y reinterpretados por el sistema, no acaban siendo otra cosa sino modas: las flores, el hippismo, Californian surfing style, punks, grunge, sinister, dark, emo…  La lucha contra el sistema ha dejado de ser un terreno reservado a los intelectuales, la elite que tiene –¿detenta? – la información y por tanto capaz de generar análisis comparativos y exhaustivos de verdad, argumentados, serios; la lucha progresista en los últimos 50 años, como el resto de sucesos sociales, arte incluido, se ha masificado y frivolizado, y hoy se reduce a la visibilización de la disconformidad propia con el ‘sistema’. Toda la pulsión generada por el malestar propio se concentra en la lucha del individuo contra la estética predominante o hegemónica, por usar un término connotado. Aunque todos los movimientos, para merecer tal epíteto, requieren de una cierta masa crítica, es decir, exigen la adhesión de individuos con determinadas características comunes al grupo, y una cierta solidaridad grupal.
El libro de Ziga a mi parecer encuadra perfectamente dentro de esta tipología de luchas anti-sistema: el solo título, apropiándose de ese tradicionalmente insultante perra, muestra su énfasis en la necesidad de una deconstrucción semántica del lenguaje y de los sucesos sociales más que en la necesidad de la abolición de dichos sucesos. Así, apela a la necesidad de desvirtuar el significado de puta, perra, haciendo de la etiqueta algo deseable en lugar de insultante o degradante.
El feminismo serio o intelectual pasó una etapa cierta en que preconizó la androginia (Simone de Beauvoir, El segundo sexo) como necesaria y deseable, ni siquiera como mal menor, sino como condición para acabar con la secular sumisión de lo femenino a lo masculino: se construyó como algo deseable la no-diferenciación morfológica; se construyeron como algo condenado a desaparecer las muestras nucleares de lo tradicionalmente femenino para todo el que pretendiera defender la causa de la igualdad sexual. Las modas unisexmodas al fin y al cabo– de los setenta son un buen ejemplo de ello.
En las últimas décadas en el feminismo serio ha habido un deslizamiento también en ese sentido, se ha repensado lo femenino desde una óptica de igualdad legal haciendo énfasis en la necesaria salvaguarda de las diferencias morfológicas y demás diferencias asociadas: la causa de la igualdad sexual no pasa ya por la uniformización sino por la equiparación de derechos manteniendo y visibilizando las diferencias inter-género, otorgándoles un cierto valor añadido y progresivamente en auge (Helen Fisher, El primer sexo, Taurus 1999).
El feminismo de Ziga va más allá, oponiéndose frontalmente al feminismo intelectual y reivindicando el activismo frívolo (performance), que se mofa del paradigma de lucha política intelectual, argumentativa, cohesionada, coherente y explicativa, en definitiva, moderna: aboga por una apropiación, desde un novísimo feminismo, de los símbolos nucleares de la feminidad para defender la hiperfeminidad formal y el eclecticismo estético con un significado... subvertido. Defiende la construcción de la feminidad a partir de la reinterpretación de la formas tradicionales (el color rosa, las faldas, el maquillaje, los ornamentos, las joyas), con un resultado final posmoderno: la deconstrucción de las fronteras de género, la abolición de la oposición tradicional masculino-femenino, y la disociación de lo masculino y femenino, respectivamente, respecto de la dotación cromosómica y la genitalidad: el sexo, o género, como prefieren llamarlo l@s nuev@s feministas, es autoconstruido y autoasignado, e independiente del signo de los genitales –que al final y al cabo, siempre son mutilables/reconstruibles. El género así se reduce casi más a una actitud o una pose que a ninguna otra cosa.
Este novísimo feminismo es cada vez menos político y ciertamente más estético, desvinculado de la lucha política progresista global que busca –tal vez mejor en pretérito, buscaba– un cambio radical en el sistema y un mejoramiento de las condiciones de vida extensible a todos. El feminismo de guerrilla apunta sólo a la superficie y se ha convertido en un fin en sí mismo, reducido a lo que yo llamo espectáculo de provocación, o a la espectacularización del sexo. No deja de sorprenderme el tufillo algo más que anecdótico a cierta heterofobia en este nuevo discurso que aboga por la hiperfeminidad con una finalidad invertida. No son una ni dos ni tres las activistas de este nuevo feminismo que refieren experiencias traumáticas tempranas con hombres, generalmente con la figura del padre. Pero no voy a hacer de este dato el centro de mi crítica, que, siguiendo la tradición de la modernidad, pretende ser intelectual, coherente y explicativa.
Una de las características que me solivianta de esta corriente es el aparcelamiento a que se ha visto sometido el pensamiento progresista o tradicionalmente de izquierdas: divide y vencerás, parecen frotarse las manos los derechistas de toda la vida. La izquierda cuarteada, como en la guerra civil, cada uno con su batalla personal: feminismo por un lado, anti-racismo por otro, nacionalismo por allá... Aun así, este dato es también anecdótico, de naturaleza poco más que pragmática, de forma que tampoco responde al núcleo de la mi postura crítica.
Mi principal argumento, el de más peso –al menos en cuanto a ideario– es el esteticismo que impregna todo el edificio sobre el que se construye este nuevo feminismo. Hay una preocupación a mi parecer excesiva por lo que se muestra más que por lo que se es, o mejor, se pretende hacer de lo que se muestra y de la interpretación que un tercero haga de ello el núcleo del discurso feminista. Es una especie de exhibicionismo incontestable, acompañado de una constante apelación a la subversión del significado de lo que se muestra. Pero es precisamente este necesario recurrir a la imagen, esta abogacía a una connivencia cómplice entre quien provoca y quien interpretarectamente o no, y léase rectamente como más apetezca- el objeto principal de mi crítica. Porque, en el fondo, tan deconstruible es un sistema de interpretación semiótica –el tradicional– como otro –el posmoderno.
Este nuevo feminismo no parece preocuparse de otra cosa más que de la simbología de lo femenino, bien para reafirmarse un@ mismo@ en su etiqueta sexual autoasignada, bien para mostrar y hacer explícita a un tercero dicha etiqueta: parece que su principal preocupación fuera conseguir autodefinirse como mujer, pero como una mujer nueva, que rompe con todos los tópicos tradicionalmente asociados a la feminidad, a quien no se le caen los anillos por yuxtaponer, por ejemplo, engarces de oro con atavío putero. Y eso sería bueno si no fuera la forma y el fondo del pretendido mensaje liberador, si no redujera todo lo que tiene de revolucionario a un ataque a la superficie de lo que significa ser mujer.
Hay en este discurso una increíble proliferación de epítetos: mariconas, transexuales, bolleras, camioneros... De nuevo, y ya de paso, divide y vencerás... Porque esta batalla que las nuevas feministas presentan como alternativa es en realidad una lucha estéril, al menos políticamente estéril, porque sólo hace de las formas su objeto de crítica, no ataca la raíz del problema, el fondo. Para la inmensa mayoría de mujeres, se autoasignen la etiqueta de género que se autoasignen, la problematicidad de su condición de mujer no tiene nada que ver con si prefieren las parejas a los tríos (o viceversa), si les ponen más las mujeres o los hombres, si les gusta más la penetración vaginal o la anal, si sus orgasmos son clitoridianos o vaginales, sin son o no multiorgásmicas, o si a lo largo de su vida han tenido tres parejas sexuales o varias centenas.
Encarar la lucha sexual así es un error, es casi subversivo, y les hace un flaco favor a las mujeres del futuro, porque es reduccionista, esteticista y epidérmica. A mi entender es perverso reducir lo que se ha entendido y se entiende extensamente por feminismo a eso. Aunque, claro está, para Ziga y sus perras yo no soy más que una de las integrantes del grupo de feministas moralistas, unas estrechas que hemos renunciado al hedonismo de pasarlo bien y del todo vale. Este nuevo feminismo no es, desde mi punto de vista, sino una caricatura del feminismo secular, y el modelo de mujer que propugnan no es otra cosa que, así mismo, caricaturesco.
    Ester Astudillo es filóloga, lingüista, traductora y poeta (además de lectora voraz de los más variopintos textos).

martes, 8 de junio de 2010

Linteo publica LA ESCALERA DE CARACOL Y OTROS POEMAS, de W. B. Yeats, traducido por Antonio Linares Familiar

Ediciones Linteo ha publicado la traducción de Antonio Linares Familiar de esta obra del Nobel irlandés William Butler Yeats.


Inicio:
 El Sábado, 29 de mayo de 2010 a las 0:00
Finalización: 
 El jueves, 23 de septiembre de 2010 a las 0:00
Adquisiciones:
 Fnac, Casa del Libro, Feria del Libro de Madrid, y diferentes librerías (incluso online)

lunes, 31 de mayo de 2010

Reseña de Esther Peñas sobre el pasado número 5 monográfico de la revista Poe +

Poemas con versos como imágenes
La revista ‘Poe +’ lanza un monográfico de poemas visuales
Esther Peñas es escritora, poeta y periodista.
Madrid- 31/05/2010.
Publicada en Solidaridad Digital

Pulsa sobre la imagen para descargarla
     Pocas revistas surcan las dunas de Internet con tanto virtuosismo y belleza como ‘Poe +’, que impulsa la creación poética y gráfica de todo aquel que tenga algo que compartir. Claro, que no todo vale. ‘Poe +’ es beduino atento al paisaje cambiante de las letras, por ello escoge cuanto merece la pena.

Su quinta entrega es un monográfico sobre poemas visuales, un auténtico florilegio de apuestas imaginativas, portentosas, provocativas, clásicas –más o menos-, sugerentes en cualquier caso. ‘Poe +’, producido por Aldea Global Comunicaciones, y dirigido y diseñado por Antonia Amores y Bruno Jordán, constituyen, con este número de mayo, un auténtico oasis en el que la creación es posible y no admite crisis alguna.

Un total de cincuenta artistas, entre poetas, pintores, fotógrafos, escritores y humoristas arman un inmenso rompecabezas en el que se interpela al espectador y le subyuga, bien por el surrealismo (de Adriana Bañares, de Arturo Comas con ‘El sueño de cada día’ o de Ian Welden con ‘El desenmascarado’), por el toque pop (‘Besos’, de Silvia Lissa o ‘Màgia’, de Óscar Garriga) o incluso la brizna bizarra ("PRE-CRISIS", de César Reglero).

Particulares homenajes se entrecruzan en este número, como el de Miguel Hernández (Edu Barbero), Moebius (Jesús Andrés) o Joan Brossa (A. Brossa y J. Searfree), hasta conseguir una masa perfecta para que cada lector dore con aquellos sentimientos, impresiones y recuerdos que procedan.

Por último, cabe destacar la portada. Si ésta hubiera sido en blanco y negro, la podríamos adjudicar al mismísimo Madoz (una mariposa con las alas extendidas cuyo cuerpo no es otra cosa más que una bisagra), aunque en el caso que nos ocupa su paternidad se debe a Sergi Quiñonero.

Asturias, Grecia, Madrid, Argentina, Chile, Murcia, México o Córdoba son algunos de los lugares de procedencia de las creaciones de este monográfico, indispensable para los amantes del buen hacer.


Esther Peñas es responsable del Departamento Digital de FSC, de Fundación ONCE. Colabora con artículos en la revista de Greenpeace y en distintas publicaciones de Servimedia. Ha publicado dos libros de poesía (‘De este ungido modo’, Devenir, y ‘Los jueves poéticos’, Hiperión) y este año verán la luz ‘Penumbra’, también en Devenir, y ‘Trovadores de silencios’, en Calambur. Además, ha escrito dos novelas, ‘Los silencios de Babel’ y ‘El peso de una sombra’, editadas por Odisea Editorial.

domingo, 30 de mayo de 2010

Cátedra publica La luz en las palabras, del poeta salmantino Aníbal Núñez

Antonio Linares esperando no se sabe qué o a quíen (o tomando el sol...)
Por Antonio Linares Familiar 
Poeta, crítico literario y traductor. 


      Cátedra publica La luz en las palabras, una antología más que necesaria para recuperar la figura y la obra de alguien tan fundamental en nuestra poesía como lo es el poeta salmantino Aníbal Núñez, un autor que pasó a la oscuridad por parte de gran sector de la crítica con el marchamo de "maldito" o cuanto menos "raro" (qué daño hacen los marbetes), si bien, es justo reconocer la edición en dos volúmenes de su obra completa por parte de la editorial Hiperión (sería muy conveniente reeditarla, si me permiten el deseo más que opinión).

La obra de Núñez está, como en gran parte de sus coetáneos, en ese punto de la poesía española que pasa de una obra eminentemente social a otra de carácter más culturalista que tiene su primer escalón en los llamados sesentayochistas y su punto de exaltación más conocida como son los denominados novísimos.
Núñez, para quien la poesía es una liberación del lenguaje de su valor utilitario y un acontecimiento verbal de una experiencia estética libre, revela una escritura lúcida y reflexiva que sigue una línea que abarca desde Rimbaud y Mallarmé hasta Ezra Pound, y basa su obra en un consciente artificio retórico y formal donde injerta la actualidad de su época (el llamado estilo camp que usaran, entre otros Vazquez Montalbán y Martínez Sarrión), donde aparecen entremezclados la mitología clásica con sloganes publicitarios, muchachitas recatadas que van a guateques, emigrantes, el desarrollismo que mata lo rural, letras de cuplé... todo ello con la consciencia de usar, de vivir, el lenguaje como realidad. En estas líneas se mueve la poesía de Aníbal Núñez, circundando, visitando, cruzando, desmenuzando ciudades, ruinas y la naturaleza como ejes temáticos de su obra.

Reconozcamos, pues, a este poeta como un poeta del lenguaje y disfrutemos, junto a él, de su escritura.
 


Antonio Linares Familiar es profesor de inglés, poeta y traductor, autor de Bajo la sombra de mil vidas, parte de su obra está incluida en las antologías: Quinta del 63, Rivas Cuenta y La Voz y la Escritura. Como traductor tiene publicada La Escalera de Caracol y otros poemas de W.B. Yeats.

sábado, 29 de mayo de 2010

Casa de aire, último poemario de Francisco Cenamor. Reseña de Antonio Linares Familiar

Antonio Linares esperando no se sabe qué o a quíen (o tomando el sol...)
Por Antonio Linares Familiar 
Poeta, crítico literario y traductor. 
Último poemario de Francisco Cenamor: Casa de aire


Casa de aire, último poemario de Francisco Cenamor, resulta un texto intenso. Dividido en tres partes: Casa de aire, Ríos de gente y Última función (esta última una clara referencia a la vocación teatral del autor) en las que se exponen el recorrido vital del poeta a través de poderosas imágenes. Cenamor consigue hacer de cada poema una instantánea que maneja a su antojo, distorsiona, enfoca o desenfoca con el objetivo de su palabra, a la vez que las transforma en un diario vital del desarraigo del que somos testigos todos los días y que, en la mayoría de las ocasiones, nos negamos a observar.

Consciente de esa pasividad colectiva, Francisco Cenamor nos agita, nos trae en su mano a desheredados, transeúntes anónimos , poseedores de visa oro, perros abandonados, noches, horas, paisajes urbanos... todos imbricados en una consciencia que, como los ríos de gente, nos llevan a una estación vital, y a otra, y a otra, con un lenguaje claro, conciso, desnudo, con la voz de Cenamor, sincera, hiriente y desnuda como el aire que circunda la casa de su poemario.



Antonio Linares Familiar es profesor de inglés, poeta y traductor, autor de Bajo la sombra de mil vidas, parte de su obra está incluida en las antologías: Quinta del 63, Rivas Cuenta y La Voz y la Escritura. Como traductor tiene publicada La Escalera de Caracol y otros poemas de W.B. Yeats.

sábado, 24 de abril de 2010

Reseña de los poemarios Hilos y Cual, de Chantal Maillard, por Ester Astudillo


El mundo y el yo: un salto al vacío


          El poemario a que responde esta reseña no es novedad: data de 2007, Hilos, seguido de Cual, en realidad dos poemarios en uno, puesto que ambos son un viaje hacia el interior de la conciencia, pero un viaje de deconstrucción. La originalidad de la propuesta de la autora, Chantal Maillard, no obstante, es tal que lo considero motivo suficiente para reseñarlo aquí y aún con cierto retraso.

Chantal Maillard es doctora en filosofía pura, materia que desgranan sus versos, despojados de todo átomo de lirismo: cualquier similitud con la poesía al uso sería mera coincidencia. De hecho la ausencia de lirismo es un rasgo deliberado e incluso explicitado por la autora en los poemas finales de ambos poemarios. Y es que tradicionalmente, la poesía parte de un axioma que se resiste a la refutación (no sólo la poesía de hecho, sino la vida cotidiana y el psiquismo canónico): la incontrovertible existencia del ‘yo’; es a partir de ese ‘yo’ de existencia y unidad irrebatibles que la poesía explora las vivencias que ese ‘yo’, llamado sujeto, experimenta en el mundo: bien aquellas que advienen desde el mundo hacia adentro, bien viceversa, las advenidas en el sujeto a causa del mundo.
En realidad estos dos poemarios de Maillard parten del axioma inverso: el ‘yo’ no existe, y de ahí su originalidad y su perturbador potencial. El ‘yo’ no existe, insisto; es sólo una palabra (atención porque el lenguaje juega en estos versos un papel capital), un mero pronombre de 1ª persona, que genera la ilusión del ‘yo’. Y sin ‘yo’ tampoco hay conciencia: únicamente existen percepciones discontinuas, advenidas a saltos, encadenadas ¿por qué? Por los hilos, como ya señala el título. Pero ¿qué hilos? ¿Qué madeja?

          El deconstruccionismo no es novedad en el pensamiento contemporáneo: desde Wittgenstein, deconstruyendo la entidad del lenguaje con sus juegos de lenguaje, posteriormente Derrida, en oposición a la corriente estructuralista del segundo tercio del s. XX, y en fin, toda la filosofía posmoderna que postula al sujeto como un sujeto ‘débil’. 

           Pero en realidad la de Maillard es una apuesta vanguardista, especialmente para explorarla desde el ángulo de la poesía: el ‘yo’ que aparece en sus poemarios no es ya débil, sino que está fragmentado, o mejor, fracturado. Su atrevida hipótesis está emparentada con las de expertos cognitivistas contemporáneos, absolutamente anti-intuitivas por cierto, que postulan que en realidad la mente no existe (O. Vilarroya, La disolución de la mente). Al menos la mente tal y como ha sido concebida tradicionalmente desde los clásicos griegos hasta finales del s. XX: el ánima aristotélica y sus subsiguientes desarrollos.
Tiremos, pues, del hilo que propone Maillard, el del lenguaje: el ‘yo’ es sólo la ilusión que crea para sí ‘eso que se sabe’ –para no recurrir al término ‘mente’- por medio del lenguaje, especialmente a través del pronombre ‘yo’, que le permite construir historias -o ‘relatos’ en terminología posmoderna- que inducen la ilusión de la propia continuidad en el tiempo y el espacio, es decir, la conciencia, es decir, el ‘yo’.
Pero hay una fractura cierta entre el ‘yo que se sabe y se piensa’ y la envoltura del ‘yo’ en el espacio, es decir, el ‘cuerpo’. El cuerpo es aquello que el ‘yo’ cree que es suyo y sobre el cual (cree que) es soberano. Es el brazo, es la mano, es la pierna, es el rostro que mira hacia fuera. Son miembros sensores que ‘informan’ al ‘yo’ sobre lo de ‘afuera’, es decir, producen sensaciones que el ‘yo’ percibe. Son sensaciones a saltos en el tiempo sobre las cuales el ‘yo’ fabula historias que le sean coherentes y refuercen la sensación de unidad e identidad del sujeto pensante. El lenguaje ata las experiencias del ‘yo’ al ‘yo’ y le dan unidad.
Y si el ‘yo’ no existe en su concepción tradicional, ¿qué decir del mundo? El mundo no existe tampoco más que como aquello que el sujeto predica de, existe en tanto que relato, en tanto que lenguaje. El mundo sólo está en tanto que predicado, retomando las raíces más puramente escépticas de la filosofía europea de los s. XVI y XVII. En realidad, Maillard no sólo propone una nueva concepción de la conciencia sino que también hace una breve exposición sobre la evolución filogenética del lenguaje: el tiempo verbal por defecto es el presente; pasado y futuro surgieron en épocas muy posteriores tras el primer estallido del lenguaje. Y ello es así porque el lenguaje surge de la necesidad insoslayable de salvar los saltos situacionales de los individuos en el aquí y el ahora, nace por necesidad deíctica. Y la persona verbal por defecto es la 1ª: el ‘yo’ predica algo sobre aquello que ‘percibe’ que está fuera para que el ‘tú’ que está fuera, y que sospecha que es otro ‘yo’, actúe sobre ello o lo corrobore (Tus/ ojos -¿tus?- sí,/ cálidos ojos-lago, ojos-aquí./ Aquí, como los niños/ y los idiotas.).
¿Cómo plasma todo eso en sus versos Maillard? Recurriendo al metalenguaje entre otras cosas, jugando entre lo que es puramente lenguaje y lo que es comentario sobre el lenguaje (Decir punto. Punto./ Escribirlo. Escribir escribirlo./ Escribir miento./ Imposible escribir el punto.), sin ningún tipo de señal demarcativa entre uno y otros. El lector debe estar atento para poder distinguir entre los diferentes tipos de predicado en los versos de Maillard y sobre todo para captar su intencionalidad. En el ‘yo’ todo se mezcla, todo se confunde; de hecho no hay ‘meta’. Quizás el ‘yo’ no sea más que un ‘meta-yo’, cuya máxima actuación sea precisamente la escritura de versos como estos –por los de Maillard, se entiende-, por ejemplo.
Usa también el infinitivo como recurso: Dentro, se escurre el tiempo. No,/ el tiempo, no. Un escurrir, tal vez), y otras formas no personales como el gerundio, por manera de obviar el uso de cualquiera de las tres personas verbales: el ‘yo’, no estando seguro siquiera de su propia existencia, ¿cómo puede otorgar carta de naturaleza a ‘otro’ que esté fuera? Usar la 3ª persona para el ‘ello’ es crear una ilusión que posiblemente no sea otra cosa más que falsa.
Recurre, asimismo, al tiempo verbal por antonomasia: el presente. De hecho, los enunciados –viene a decir- sólo pueden aspirar a ser verdaderos –en el sentido lógico- en y durante el lapso de tiempo en que el sujeto los enuncia, en el presente estricto, en el momento de enunciación, en el aquí y ahora. Pero el presente, ya se sabe, es fugaz: una vez enunciado el predicado deja de ser cierto, aun habiendo sido cierto en el acto de enunciación, puesto que aquel instante en que fue cierto ya ha caducado. Usando el pasado podríamos recuperar la verdad de lo dicho: construyendo una historia, fabulando un relato. El relato es el hilo que ata el ‘yo’ al mundo. Y dicho relato no es otra cosa que la ‘memoria’.
En cuanto a la estructura formal, las oraciones son fragmentarias, por analogía con su propuesta de un ‘yo’ fracturado. A menudo en realidad se reducen a sintagmas sin verbo. Aun más, es patente la intención de asemejar el texto al discurso mental que el ‘yo’ se cuenta para saberse ‘yo’, similar al monólogo interior en la literatura, inaugurado por V. Woolf, anacolutos, aparentes paradojas y austeridad descriptiva y narrativa son característicos desde el primero hasta el último verso. En ocasiones utiliza enunciados que formalmente son similares a las proposiciones lógicas. Es un texto deliberadamente poco ‘tejido’ en el que el lector es conminado a ‘inferir’ los nexos entre cada ‘frase’ y lo anteriormente dicho, a inventar una ‘historia’ que dé completud y sentido al texto (de nuevo por analogía con la propuesta de Maillard sobre el funcionamiento del ‘yo’). Aunque no deja de incluir guiños filosóficos, por ejemplo el siguiente, muy obvio, a Heráclito: El río es un decir. El agua/ es de memoria./ También el río. De memoria.)
Asimismo hay un flirteo obvio también con lo que se ha dado en llamar lenguaje performativo (Austin ): los verbos preformativos son, strictu sensu, aquellos que requieren de la enunciación como ritual para producir efectos en el mundo. Es el caso de ‘declarar’ en la fórmula: ‘yo os declaro marido y mujer’. Sin esa enunciación -atención al dato de que la fórmula emplea la 1ª persona y al presente-, no hay matrimonio. Son verbos típicamente ceremoniales, rituales. Pero es que la propuesta de Maillard va en ese mismo sentido: todo empieza a existir, el mundo adviene, en el momento en que es enunciado. El lenguaje es puro ritual, es el requisito sine qua non para el advenimiento tanto del sujeto como del mundo. El sujeto es un oficiante: Entonces el rito./ La mano, a tientas con el óvalo./ Y el mí vuelve a decirse/ en el trazo,/ conmovido. El lenguaje es pura perfomatividad, es la fórmula única para que el sujeto y lo que este predica del mundo sean verdaderos, sean reales, en definitiva, existan. En realidad el sujeto es más que un oficiante: es un demiurgo. Todo cuanto hay, cuanto queda, acontece dentro del lenguaje, en lo dicho. Por eso escribir. Aunque ‘lo dicho’ ya no sea cierto puesto que ya se clausuró el tiempo-momento en que fue verdad. En definitiva, por eso la poesía.
Poemario espeso y un tanto difícil, de contenido eminente filosófico, pero una propuesta original y no ya rompedora, sino rupturista con la poesía puramente lírica (ni que decir tiene que nada comparte con la poesía épica o la mística). Y además con las incontrovertibles bondades de una candente (pos)modernidad, originalidad formal, y profundidad conceptual y de examen.
Ester Astudillo es filóloga, lingüista, traductora y poeta (además de lectora voraz de los más variopintos textos).




La disolución de la mente (por Óscar Vilarroya)
La disolución de la mente es un ensayo filosófico-científico en el que se expone una teoría original sobre la arquitectura de la mente, y en el que se exploran las posibles repercusiones psicológicas y filosóficas.
Mi hipótesis propone una arquitectura mental basada en una unidad de funcionamiento cerebral que recibe el nombre de "vivencia". La elección del término "vivencia" no se pretende como un análisis del significado convencional de la palabra, sino como una nueva acepción. En concreto, la vivencia se postula como la unidad de funcionamiento cognitivo del cerebro, es decir, la unidad de los procesos dedicados a gestionar la información del mundo exterior, y que sustentan el conocimiento y la inteligencia. Una vivencia alberga todos los procesos cognitivos que suceden en un momento determinado y que quedan unidos permanentemente, de tal manera que, una vez registrada la vivencia, cuando se activa uno de los procesos se activan el resto.
La vivencia representa no sólo la unidad inicial del funcionamiento cerebral, sino también la única. En otras palabras, la elaboración cognitiva básica de la que es capaz el cerebro se realiza antes de que la vivencia quede fijada. Por tanto, esto implica una difuminación de las fronteras que se han establecido hasta ahora entre los conceptos de sensación, percepción y cognición. Es más, la inexistencia de elaboración cognitiva más allá de la vivencia excluye la existencia de elementos mentales comunes en la caracterización de la cognición, como son los conceptos.
Habitualmente se dice que el cerebro recibe los estímulos de los sentidos a partir de los que elabora una representación de lo que sucede en el mundo exterior. Yo propongo una hipótesis diferente: en lugar de establecer una frontera tajante entre el cerebro y el mundo exterior, la unidad del conocimiento debe incluir no sólo al cerebro sino también lo que sucede en el mundo exterior. En otras palabras, el cerebro no se basta a sí mismo para extraer del mundo todo lo necesario para saber de él, sino que necesita que el mundo esté presente para que complete sus análisis. Por tanto, las propiedades de las cosas que el cerebro detecta y discrimina (los "rojos", las formas "redondas", la cara de un familiar) no se copian o representan en el cerebro, sino que se extienden a lo largo del complejo que forman el cerebro-mundo. Ahora bien, aunque el cerebro no dispone de una representación de las "cosas", al menos recuerda la actividad que experimentaba cuando estaba en conexión con el mundo exterior, y ese recuerdo es suficiente para compensar la falta del mundo.
¿Cómo una arquitectura basada exclusivamente en vivencias, sin que existan entidades más abstractas, puede dar cuenta de las capacidades conceptuales humanas? Por un lado, hay que entender que cada vivencia es única, y representa una pieza de conocimiento particular. Por el otro, el cerebro tiene la capacidad potencial para registrar millones de vivencias distintas sin que eso suponga un problema neurofisiológico. Por tanto, la propiedad básica y esencial de un conocimiento basado en vivencias es que el número de vivencias particulares que el cerebro detecta, recuerda y maneja es enorme. Ahora bien, la capacidad para identificar y registrar vivencias únicas no excluye la existencia de conexiones entre vivencias globales y entre elementos de las vivencias en particular. De hecho, propongo que el cerebro constituye conexiones estables entre vivencias globales y entre elementos de las vivencias, en base a diversos tipos de criterios. A partir de ellos, algo como el concepto de "silla" no consiste en una entrada en una base de datos, o de una enciclopedia, ni en una activación de un conocimiento innato, sino en el conjunto de vivencias y conexiones entre los elementos de las vivencias. Es suficiente disponer de un cerebro que sostiene un archivo enorme de vivencias distintas, y uno todavía más rico de conexiones entre sus distintos elementos. Por tanto, las conexiones entre todos los recuerdos de sillas y las relaciones con los otros elementos de las vivencias-silla le sirven al cerebro para saber qué es ese objeto que tiene cuatro patas, una superficie sólida y un respaldo.
De todo lo anterior, se deduce una teoría del conocimiento humano. En concreto, si todo lo que hay en el cerebro son vivencias y sus conexiones, entonces el conocimiento de un individuo aparece por la interacción del cerebro y sus capacidades innatas con el mundo. Y de un conocimiento de estas características también se deduce una teoría del aprendizaje. Aprender consistiría en enriquecer ese mundo vivencial creando nuevos elementos vivenciales, mediante la interacción con el mundo exterior y la transferencia de elementos relevantes de vivencias anteriores.
Una teoría del conocimiento basada en vivencias tiene repercusiones epistemológicas: ¿cómo algo que no puede entenderse como un estado del cerebro/mente desgajado del mundo, puesto que la unidad del conocimiento se extiende a lo largo del complejo cerebro/mente, puede considerarse conocimiento y puede ser verosímil y justificado? He intentado situar la teoría con respecto a las dos grandes tradiciones epistemológicas, el racionalismo y el empirismo, puesto que el conocimiento vivencial depende de las capacidades cognitivas del cerebro, pero también de su experiencia con el mundo.
El hecho de prescindir de una división en dos medios, el cerebro/mente y el mundo exterior, tiene asimismo repercusiones importantes para la lingüística en general, y la semántica en particular. Mi hipótesis es que la palabra se incorpora en las vivencias como un proceso cognitivo más, sin diferencia con otros procesos, como los que discriminan colores, sonidos o formas. El valor semántico de una palabra no reside por tanto en una relación entre una entidad mental, la palabra o el concepto que representa la palabra, y un objeto y propiedad del mundo, sino en la capacidad para evocar la vivencia o conjunto de vivenciasque permiten garantizar las propiedades semánticas de la palabra, es decir, las propiedades que permiten entender algo del mundo cuando se pronuncia la palabra.
Obviamente, una teoría semántica de estas características tiene consecuencias para la teoría de la comunicación. Si una palabra no es simbólica, sino evocativa, entonces una comunicación con éxito entre un emisor y un receptor no consiste en transmitir "mensajes" o "sentidos", sino en que el emisor consigue evocar en el receptor aquella o aquellas vivencias que sean equivalentes a las suyas, de tal manera que compartan las mismas propiedades semánticas. Por tanto, la teoría vacía el concepto de información; la información no existe como "cosa"; a lo sumo se puede hablar de la informatividad de una comunicación como una medida de su capacidad de cambio en el conocimiento del receptor.
La teoría tiene asimismo consecuencias importantes para la teoría de la comprensión. Si una comunicación exitosa no consiste en transferir información, conocimiento o medios inferenciales, sino en una forma de "manipulación" del conocimiento del receptor, entonces cualquier comprensión de una proferencia o un texto depende del conocimiento que el receptor ya tiene. En consecuencia, para comprender una proferencia o un texto es necesario disponer, al menos potencialmente, de los elementos que proporcionarán la comprensión, aunque no es necesario haberse apercibido de ellos. Por tanto, la educación no puede consistir en transmitir conocimientos de un individuo a otro, sino en conseguir que quien aprende experimente la vivencia deseada por el que enseña. De ahí que lo importante sea establecer los elementos que permiten a cada individuo desarrollarse por sí mismo, proporcionar los instrumentos a partir de los cuales le será posible enfrentarse al mundo y desarrollar su propio conocimiento que, en el mejor de los casos, tendrá una base común con el resto de su comunidad.
La teoría tiene también una lectura de amplio calado en el ámbito de la teoría de la mente. En efecto, la presentación de la idea de vivencia como la unidad inicial y final del funcionamiento cognitivo, con ausencia de procesos más abstractos, no deja lugar a la idea de pensamiento como proceso separado. Pensar no es distinto a experimentar una vivencia. La incorporación de las propiedades del pensamiento en propiedades de las vivencias permite, gracias a que las vivencias son actividades propias del cerebro, difuminar la división empírico-racional que desafía habitualmente las teorías de la mente.Finalmente, la teoría aporta una visión original al fenómeno de la experiencia consciente. En concreto, propone que la cualidad de una experiencia consciente no está circunscrita al presente, sino que resulta de activar todas las vivencias pasadas relevantes a la experiencia en curso. En consecuencia, los "rojos" que se perciben conscientemente no corresponden a algo que se deriva del mundo y de la actividad del cerebro estrictamente perceptivo, sino de todos los "rojos" que se han experimentado en el pasado. Y la riqueza de la experiencia consciente depende del número y riqueza de todas las experiencias anteriores.
Artículo del autor del libro La disolución de la mente, Óscar Vilarroya, que viene al pelo en esta reseña de Ester Astudillo  en la que hace referencia y proporcionado por ella misma.

martes, 20 de abril de 2010

LAS CIEGAS HORMIGAS. REIVINDICACIÓN DE RAMIRO PINILLA. Por Antonio Linares Familiar

Por Antonio Linares Familiar 
Poeta, crítico literario y traductor.

      Antonio Linares esperando al tranvía


Acabo de leer Las ciegas hormigas (Tusquets, 2010), obra con la que Ramiro Pinilla ganó el Nadal hace 50 años. Reconozco mi fascinación por el escritor vasco, por su escritura, por sus mundos literarios y vitales. Si en otras obras la acción se centra en Getxo, aquí es Algorta, pero siempre la playa de La Galea como unos personaje más que participan de la acción. Las ciegas hormigas habla de los Jauregui, una familia más de un caserío de Algorta que lucha por sobrevivir en una época no determinada cronológicamente, pero que se nos insinúa que es el Euzkadi de posguerra, con una guardia civil que controla todas las actividades del pueblo y sus gentes.


Un accidente de un barco inglés que embarranca en la costa de Algorta, genera y provoca toda la acción; su carga, carbón, es deseada por los habitantes como un alivio que les puede calmar las necesidades. Este es el punto de arranque de la trama. A partir de ahí una narración ágil desgrana el drama de los Jauregui, gente que destila una integridad tan absoluta como obsesiva. Para este ejercicio literario Ramiro Pinilla se desprende del narrador, las voces que se escuchan y se leen  son las de los personajes, un mosaico en el que cada uno de ellos da su voz y su perspectiva, según se avanza en la lectura, siguiendo el hilo conductor que provoca el joven Ismael Jauregui, que aparece como personaje central que nos lleva a lo largo de toda la obra.
Sirva este comentario para reivindicar la figura de Ramiro Pinilla, escritor fundamental para comprender y entender la narrativa española desde mediados del siglo pasado. Autor de una obra contundente de personajes arraigados en su tierra, en su tradición, en sus conflictos, pero siempre fieles a ellos mismos y a lo que piensan. Así se aprecia en la trilogía Verdes valles, colinas rojas, de la que Las ciegas hormigas puede ser un embrión, donde a través de diferentes personajes podemos comprender la visión que tiene su autor de lo vasco, usando un estilo literario que abarca desde el realismo social que nos recuerde a Ferlosio o Martín Santos, a una narrativa fantástica propia de Borges o García Márquez, si bien Ramiro Pinilla siempre se ha reconocido, entre sus influencias, fiel a Pío Baroja y, sobre todo, a William Faulkner. Como secuela de esta trilogía, o como consecuencia de la misma, aparece La Higuera, tal vez el relato más contundente de cómo puede ser una venganza que se haya escrito. Y así podríamos seguir enumerando sus otras obras: Antonio B. el ruso, un relato que surge tras las conversaciones de nuestro escritor con un leonés que robaba gallinas, amaba el campo, la libertad y fue perseguido por la guardia civil, la pobreza y la ignorancia; y Sólo un muerto más, otra vez el faulkeriano Getxo como fondo y personaje en una trama propia de Raymond Chandler.
En estos momentos de trilogías o tetralogías suecas, vampíricas y demás, puede resultar muy saludable descubrir o redescubrir la obra de Ramiro Pinilla.
Antonio Linares Familiar es profesor de inglés, poeta y traductor, autor de Bajo la sombra de mil vidas, parte de su obra está incluida en las antologías: Quinta del 63, Rivas Cuenta y La Voz y la Escritura. Como traductor tiene publicada La Escalera de Caracol y otros poemas de W.B. Yeats.