miércoles, 30 de junio de 2010

ALGUNAS CRÍTICAS A LA OBRA “LOS ÚLTIMOS DÍAS DE POMPEYA”. Reseña literaria de Héctor Zabala

ALGUNAS CRÍTICAS A LA OBRA  “LOS ÚLTIMOS DÍAS DE POMPEYA”, DE E. BULWER-LYTTON

 Por Héctor Zabala ©


Los últimos días de Pompeya[1] es una obra de género realista; entendiéndose por tal a toda creación literaria que busque respetar las leyes naturales. 


En efecto, en esta obra no aparecen fantasmas ni hadas ni cosas parecidas. Si bien en el último capítulo del Libro II está el mago y sacerdote de Isis, Arbaces, “mostrándole” el futuro a Iona (una de las heroínas), el asunto no alcanza para calificarlo de fantástico. La circunstancia de que ambos se encuentren en el peculiar palacete del mago y que Arbaces intente seducir a la chica mediante el estupor y el miedo (y quizá hasta con la ayuda de algún alucinógeno), más allá de que la imagen profética después no se diera, hacen de la escena más que dudosa para considerarla de género fantástico.
La novela intenta mostrarnos cómo era la vida de los antiguos romanos. La trama y el desarrollo son buenos, aunque por momentos el relato se torna un tanto pesado, cosa no necesariamente atribuible a la manera de escribir del siglo XIX; máxime que para 1834, época en que fue escrita, ya había literatos de pluma muy grácil como Edgar Alan Poe, sólo por dar un ejemplo.
Pero más allá del estilo del autor, que fue objeto de crítica por muchos, he hallado varias inexactitudes en esta obra de Edward George Bulwer-Lytton, cuya historia se desarrolla en Pompeya (Campania, Italia) durante el año 79 de nuestra era. El 24 de agosto de ese año la erupción del Vesubio destruiría esa ciudad junto con la de Herculano.
Estas inexactitudes deberían servirnos de alerta sobre el peligro que corre un autor que intenta una novela histórica o de trasfondo histórico sin estar suficientemente informado.


Las inexactitudes de la obra:

1) “...un hombre de aspecto serio y de elegante porte, con el que se había encontrado dos veces en su camino, le dirigió una mirada dubitativa y le tocó el hombro:
–Apaecides –dijo, haciendo un gesto rápido con las manos, que era la señal de la cruz.” (Libro I, capítulo VIII)

El texto no expresa con claridad si el cristiano Olintho hace la señal de la cruz en dirección a Apaecides o si la hace para sí, pero tanto en un caso como en otro estaría fuera de contexto histórico (los primitivos cristianos no la practicaban) y además no tendría ningún sentido. Apaecides no era todavía un catecúmeno (postulante al bautismo cristiano) sino un sacerdote de Isis. Tampoco tendría lógica que Olintho se persignara para alejar un supuesto mal (a modo supersticioso) porque su intención era la de charlar amigablemente con Apaecides sobre la doctrina cristiana.
La primera referencia a la señal de la cruz data recién del año 230 y la debemos a Tertuliano. No hay constancia histórica de que los cristianos de los dos primeros siglos utilizaran ese rito, introducido tardíamente en el cristianismo. Tal práctica no se encuentra en el llamado Nuevo Testamento ni en otros textos de escritores cristianos de los siglos I y II. Incluso el propio Tertuliano refiere que aun en su tiempo se la practicaban a los candidatos al bautismo, quienes eran marcados con una señal de la cruz en sus frentes durante la formación de su catecumenado. Tertuliano no dice que tal rito se lo practicara el cristiano a sí mismo sino que más bien se lo practicaba a otros y en esa sola circunstancia especial. La idea era la de bendecir, antes que la de persignarse. De todos modos, esto ocurría en el siglo III, nunca tan temprano como a fines del siglo I, época en que se sitúa la novela.

2) El egipcio Arbaces, sacerdote de Isis, trata de convencer a su discípulo Apaecides de que el cristianismo es un plagio:
“–Esa fe –comenzó– es un plagio extraído de una de las muchas alegorías inventadas por nuestros sacerdotes antiguos. Observa –añadió, señalando un rollo de pergamino– en estas viejas imágenes el origen de la Trinidad cristiana. Ahí tienes representados tres dioses: Dios, el Espíritu y el Hijo. Date cuenta de que el epíteto que se aplica al Hijo es el de “Salvador”. Fíjate también que el símbolo en que se resume su calidad humana es una cruz. Aquí tienes la mística historia de Osiris, cómo fue condenado a muerte, cómo fue enterrado y cómo, causando un asombro general, resucitó de entre los muertos...” (Libro II, capítulo IV).

La comparación con el misterio de Osiris es muy ingeniosa, pero el inconveniente estriba en la palabra Trinidad y en la idea misma. El término Trinidad no se encuentra en la Biblia, por lo que es muy improbable que los primitivos cristianos conocieran la idea. De hecho la palabra es de origen latino, es decir ni hebreo ni griego, idiomas originales de tales escrituras. Además la Trinidad no fue establecida como doctrina cristiana en el siglo I sino mucho después.
Más allá de que algunos aseguren, sin fundamento fidedigno, de que la Trinidad era una verdad incuestionable entre los primeros cristianos, la realidad histórica determina que el tema fue planteado por diferencias doctrinarias tan tarde como en el siglo IV y que se necesitó que un emperador todavía pagano (si es que alguna vez lo bautizaron [2] ), Constantino I, el Grande, ordenara un concilio para decidir sobre la naturaleza de Dios, pues la grey cristiana estaba fuertemente dividida en ese tema fundamental.
Fue en el Concilio de Nicea (año 325) que se discutieron las posturas del trinitarismo y del llamado arrianismo. La primera defendida por el obispo Alejandro y el diácono Atanasio, ambos de Alejandría. La segunda, por el presbítero Arrio, de Alejandría, y el obispo Eusebio de Nicomedia.
El concilio, al que asistieron más de trescientos obispos, quedó dividido en tres corrientes doctrinarias:
a)    La trinitaria, que decía que Padre e Hijo eran de la misma sustancia y ninguno precedía al otro en existencia.
b)    La arriana, que afirmaba que eran de naturalezas distintas y que el Padre había precedido al Hijo, pues éste había sido creado por aquel.
c)    La semiarriana, que defendía una postura intermedia: ambos serían de la misma naturaleza y si bien el Hijo no habría tenido un inicio temporal igual debía considerarse al Padre como precediéndolo en existencia.

La mayoría del concilio se inclinaba por la postura c), pero finalmente el emperador Constantino se decidió por la postura a), con el fin de evitar un cisma que probablemente perjudicara la estabilidad del Imperio. Como Arrio y Eusebio se negaran a firmar, su doctrina fue declarada herética y se decretó la quema de sus libros. Más tarde fueron perdonados y les fueron devueltos los honores eclesiásticos pero Arrio entretanto murió en circunstancias extrañas.
Como vemos, muy lejos estaban los primeros cristianos de tener como credo absoluto el de la Trinidad, aun ya avanzado el siglo IV. En el siglo I, época en que se sitúa la novela, ni siquiera se había planteado el asunto, razón por la que el egipcio Arbaces no habría podido decir lo que está entrecomillado.

3) El autor narra una reunión de cristianos a la que asiste Apaecides en calidad de observador o de curioso, conducido por Olintho:
“La puerta se abrió. Doce o catorce personas se sentaban en un semicírculo, en silencio, al parecer absortos en sus pensamientos; en la pared opuesta se veía un crucifijo toscamente tallado en madera.
Cuando Olintho entró, levantaron todos la cabeza sin pronunciar palabra. El propio nazareno, antes de aproximarse a ellos, se arrodilló súbitamente, detuvo su mirada en el crucifijo y comenzó a mover los labios, dando a entender a Apaecides que estaba orando. Realizado este rito, Olintho se dirigió a la congregación...” (Libro III, capítulo III).

El origen del crucifijo data del siglo VI y ni siquiera se conoció inmediatamente en territorio italiano, pues su creación se debe a artistas bizantinos muy posteriores a la caída del Imperio Romano de Occidente. No hay ningún objeto de este tipo de los siglos I al V hallado por los arqueólogos ni tampoco referencia bibliográfica alguna de que tal objeto se usara antes del siglo VI.
En cuanto a la cruz como símbolo (sin la representación del cuerpo de Jesús de Nazaret) data de época menos tardía (siglo III o IV), pero muy posterior al año 79 en que se sitúa la novela. La cruz era en aquel tiempo todavía un elemento oficial de tortura y ejecución, instrumento para nada simpático entre los antiguos. La cristiandad tardó bastante en decidirse a adoptarla como símbolo sagrado.
En cambio, sí había distintos tipos de cruces en otros cultos. Por ejemplo entre los hinduistas (esvástica), budistas (sauvástica), egipcios paganos (gamada), etc., pero correspondían siempre a símbolos religiosos no cristianos. 

4) Nydia, la tesalia ciega, le dice en privado a su amigo y protector Glauco, el ateniense:
“...¡Oh, háblame de Grecia! Aunque sea una pobre tonta, te comprenderé. Y creo que de haber permanecido en aquellas tierras, de haber sido una joven griega cuyo feliz destino hubiese sido amar y ser amada, yo misma, con estas manos, habría armado a mi amante para luchar en un nuevo Maratón, en una nueva Platea...” (Libro III, capítulo IV).

Estas palabras proponen la liberación de Grecia, que por entonces (siglo I) era territorio del Imperio Romano, pues Nydia hace un franco paralelismo con la invasión que sufrieran los griegos cinco siglos antes a manos de otro imperio: el Persa.
La frase es muy patriótica y poética, pero dicha a un ateniense suena tragicómica en boca de una mujer de Tesalia. Máxime cuando ambos contertulios no podían ignorar el triste papel que le tocó a esa región en las guerras médicas, época a que se refiere la ciega. Los tesalios, justamente por estar al norte del estratégico desfiladero de las Termópilas, no sólo no se aliaron a los atenienses y espartanos para defender el país sino que encima debieron unirse a los numerosos invasores extranjeros. Difícilmente una tesalia real hubiera tenido cara para expresar lo que el autor le hace imaginar y decir a su personaje Nydia.

5) Un diálogo entre un viejo cristiano, Medón, y el recién bautizado Apaecides se desarrolla en parte así:
“–¿Es cierto, como dicen, que tú viste el rostro de Cristo? [dice Apaecides]
–El rostro que resucitó de entre los muertos. Has de saber, joven prosélito de la verdadera fe, que yo soy aquel sobre el cual has leído en los pergaminos de los Apóstoles. En la ciudad de Naím, en la lejana Judea, vivía una viuda, pobre de espíritu y de corazón entristecido, porque de todos los alicientes que existen en esta vida sólo le restaba un único hijo. El hilo que unía a la mujer con la vida quedó roto y el aceite se secó en las vasijas de la viuda. Colocaron el cadáver en el féretro y, ya cerca de las puertas de la ciudad, donde la multitud se amontonaba, el silencio prevaleció sobre los lamentos funerarios, porque el Hijo de Dios pasaba por allí. La madre, que seguía al féretro, lloraba... El silencio, y todos los que miraban se daban cuenta de que su corazón estaba destrozado. Y el Señor se apiadó de ella, tocó con sus manos el féretro y dijo ‘Levántate y anda’. Y el muerto resucitó y vio el rostro del Señor. ¡Oh, qué expresión más serena y solemne..., qué inexpresable sonrisa..., qué mirada llena de comprensión y ternura, llena de la benignidad de Dios, había en sus ojos, que disipaban las sombras de la tumba! Me levanté y hablé. Estaba vivo y me lancé a los brazos de mi madre. Sí, yo era un muerto redivivo. La gente gritó, las trompetas funerarias entonaron alegres canciones y por doquier se oía el mismo grito: ‘Dios ha visitado a su pueblo’. Yo no pude oírlo..., no sentía nada, no veía nada, excepto la faz del Redentor.” (Libro IV, capítulo IV).

La narración es muy conmovedora y repite parte de lo dicho por el discípulo Lucas en el capítulo 7 de su evangelio (aunque el evangelista no nombra a ningún Medón), pero adolece de un defecto imperdonable que no podía haber cometido un natural del lugar, como era el hijo de la viuda: Naím no quedaba en Judea.
La aldea de Naím [3] estaba en Galilea, a muy corta distancia de Nazaret. Para llegar a Judea, había que atravesar todo el distrito de Samaria y los antiguos eran muy puntillosos en estos asuntos de geografía. El caso es tan absurdo como si un natural de Buenos Aires dijese en Estados Unidos que la capital de Argentina está en la Provincia de Córdoba. La confusión del autor quizá provenga de que en el libro de Lucas se dice al final de la anécdota: “Y estas noticias respecto a él se extendieron por toda Judea y por toda la comarca” (Lucas 7:17). La expresión se extendieron no significa que dicha aldea estuviese comprendida en Judea sino que apunta a señalar que la fama de Jesús de Nazaret se difundía por las regiones cercanas.
El otro asunto, también inconcebible, es que el personaje habla de los pergaminos de los Apóstoles. Éste es un error que tampoco hubiera podido cometer un cristiano del primer siglo, versado en las escrituras. La anécdota de la viuda de Naím sólo se encuentra en el evangelio de Lucas, pero Lucas no fue apóstol de Cristo. Era un médico, discípulo cristiano como tantos, pero nunca apóstol. Es más, Lucas ni siquiera conoció a Cristo directamente. Todo lo relatado en su libro le fue contado por terceras personas (ver Lucas 1:1-4).

6) En los funerales de Apaecides, el narrador dice:
“Seguían después los sacerdotes de Isis, descalzos, con sus níveas túnicas y agitando hojas de maíz...” (Libro IV, capítulo VII).

Sabíamos que los antiguos romanos habían alcanzado una gran extensión territorial, ¡lo que no sabíamos era que entre tanta conquista también habían descubierto América quince siglos antes que Cristóbal Colón!
El párrafo es absurdo. El maíz (Zea mayz) es una planta gramínea de origen americano. Y ésta es la razón de por qué no se la nombra nunca en obras clásicas de la Antigüedad ni del Medioevo, tales como La Ilíada, La Odisea, la Biblia, Las mil y una noches, etc. Sencillamente, el maíz era desconocido en el Viejo Mundo antes del siglo XVI.

7) Después del arresto de Glauco, uno de los personajes dice en un diálogo:
“–...Dudo que esos nazarenos fuesen tan tolerantes, en caso de que su doctrina se convirtiera en religión estatal, si cualquiera de nosotros patease las imágenes de sus deidades, blasfemase de sus ritos o negase su fe.” (Libro IV, capítulo XVI).

Quien habla es un romano pagano, pero es obvio que parece un escritor cristiano de tiempos posteriores. Jamás un pagano del primer siglo hubiera podido hablar de imágenes de deidades cristianas.
Es decir, más allá de la intención del autor de hacer una ironía alegórica de lo que sería el exaltado catolicismo posterior, lo cierto es que los cristianos (nazarenos) del primer siglo no tenían imágenes en su culto y esto lo sabían perfectamente sus contemporáneos paganos. A tal punto era así, que el propio autor le hace decir a Clodio apenas unos párrafos adelante:
“–En cuanto al ateo, deberá enfrentarse sin más armas que sus manos al formidable tigre...”
Al decir “ateo” se refiere al cristiano Olintho. Los romanos de aquel tiempo llamaban ateos a los cristianos porque para ellos era inconcebible que un acólito creyese en un dios sin estatua. La deducción era simple: para los paganos si no había representación física, no había tal dios; ergo, eran ateos, no creían en nadie. [4]

8) Hay un largo párrafo en ese mismo capítulo XVI del Libro IV que es una especie de diálogo interior pues entremezcla hechos con pensamientos de Glauco. Casi al final del párrafo se dice:
“...Y, sin embargo, ¿quién hasta el final de los tiempos, mucho después de que su cuerpo se reintegrase a los elementos, iba a creerle inocente y a defender su buen nombre? Al recordar su entrevista con Arbases y los muchos motivos de venganza que concurrían en el corazón sombrío de aquel hombre terrible, ¿no era lógico creer que era la víctima de algún ardid misterioso y bien elaborado, cuyo origen y huellas intentaba descubrir sin éxito? Este pensamiento le absorbió [a Glauco] más que ningún otro. ¿Y en cuanto a Iona? Arbaces la amaba: ¿podía su rival haber provocado su ruina? Su noble corazón se vio más atormentado por los celos que por el temor. De nuevo, emitió otro lamento.”

En ese momento Glauco todavía no había adoptado el cristianismo. Era un griego pagano que vivía en Pompeya. Ni siquiera había hablado aún con Olintho. ¿Cómo iba a pensar en el final de los tiempos? Este concepto proviene del cristianismo (o, si les parece mejor, de una concepción cristiano-judaica); no consta en la antigua religión grecorromana.

9) Sosia, esclavo del egipcio Arbaces, dice a Nydia en un diálogo:
“–No me tientes. No puedo liberarte. Arbaces es un amo espantosamente severo. ¿Quién sabe si acabaría alimentando a los peces del Sarno? Ay, entonces todos los sestercios del mundo no podrían devolverme la vida...”

Hasta aquí muy bien. Pero el autor arruina todo cuando le hace decir inmediatamente:
“Mejor ser un perro vivo que un león muerto.” (Libro IV, capítulo XVII).

La ingeniosa comparación del perro y del león se encuentra en el libro bíblico de Eclesiastés (capítulo 9, versículo 4). No era un refrán romano ni griego y la Biblia todavía no estaba difundida entre los no cristianos de la antigua Roma. Mucho menos después de la destrucción de Jerusalén (año 70). El llamado Antiguo Testamente era absolutamente desconocido entre los paganos del primer siglo; mucho más para un esclavo como Sosia que no tenía ningún contacto con los seguidores de Cristo.

10) En un momento, el narrador escribe:
“...En aquel momento, volvieron a oírse desde el palacio iluminado los dos versos más rotundos de la canción de los juerguistas:
            Nos importa un rábano los dioses
            y no los aceptamos en la vida.
Y antes de que murieran estas palabras, los nazarenos, impulsados por una súbita indignación, eliminaron el eco del canto pagano con las estrofas de uno de sus himnos favoritos, que entonaron a voz en cuello.” (Libro IV, capítulo XVII).

Más allá de que el posterior himno que se transcribe no se encuentre en ninguna escritura bíblica ni libro de cristiano primitivo alguno y es una obvia creación del autor (lo cual es perfectamente válido en literatura), los juerguistas simplemente hablaban de los dioses como género y con seguridad de sus propios dioses paganos. Los cristianos eran apenas un puñado de hombres, insignificantes para que unos borrachos se acordaran de ellos y de su Dios. El propio autor habla de unos catorce en una reunión en Pompeya (ver lo trascripto en el punto 2), ciudad que tendría entre diez y doce mil habitantes.
Pero hay otro problema mayor: es muy poco creíble que un grupo cristiano del primer siglo se dedicara a desafiar de ese modo a unos juerguistas en medio de una ciudad hostil.
Los cristianos primitivos eran valientes cuando debían serlo, pero no hay constancia histórica de que fueran imprudentes. No se ponían a discutir o a desafiar de la forma en que lo presenta el autor. No hacían de su fe una competencia, sólo les interesaba predicar y llevar a la gente lo que entendían como la palabra de salvación. Usar un cántico cristiano para tapar una canción denigrante hacia dioses ajenos (además de promotora del vino y del amor carnal) está fuera del contexto histórico. El propio Jesús de Nazaret les había recomendado: sean inocentes como palomas pero cautelosos como serpientes (Mateo 10:16). 

11) Un detalle inadmisible es que Nydia pudiera escribir, si bien lo hizo con un punzón sobre una tablilla de cera y no con tienta. Quizá el hecho en sí no sea tan sorprendente si nos atenemos a que los padres hicieron por la educación de esta niña ciega todo lo que estuvo a su alcance (Libro IV, capítulo XVII). Lo verdaderamente extraño es que Nydia pudiera hacer un escrito tan largo como el que aparece en el Libro V, capítulo III: unas mil cien letras en castellano, que no supondrían muchas menos en griego.

12) En el circo el director del espectáculo hace luchar a los gladiadores dos veces en el mismo día (Libro V, capitulo II). Esto es claramente absurdo. Una lucha de ese tipo, contra otro profesional de nivel similar, implicaba un esfuerzo agotador.

13) El autor narra lo siguiente en el apogeo de la erupción del Vesubio:
“El aire se mantuvo tranquilo durante unos minutos; la antorcha de la puerta refulgía en la lejanía. Los fugitivos aligeraron el paso, llegaron a la puerta, pasaron junto al centinela romano y el resplandor de la luz iluminó su rostro lívido y se reflejó en su brillante casco, sus duras facciones permanecían serenas en medio de tanto horror. Permaneció inmóvil y erguido en su puesto.”

Hasta aquí muy bien, pero el autor “la embarra” con lo que sigue:
“Aquella hora de dura prueba no había alterado la maquinaria que regía la mayestática crueldad del sistema romano y que anulaba la iniciativa racional y la libertad del hombre. Y allí siguió, ajeno a los elementos desencadenados, porque no tenía permiso para abandonar su puesto y ponerse a salvo.” (Libro V, capítulo VI).

Esto es melodrama puro. Echarle la culpa de la posible muerte del centinela al “cruel” sistema romano es absurdo, máxime de parte de un escritor que era a la vez un político. Cualquiera que haya hecho el servicio militar sabe que esto es así y que lo fue siempre, antes y después de los romanos, y sin importar que el centinela esté sirviendo al rey más déspota de todos los tiempos o a la república más democrática del mundo: un centinela jamás puede abandonar su puesto sin orden superior. No es un empleado que terminado el horario de trabajo tiene derecho a decir “hasta mañana”.

14) En los últimos capítulos (en especial en el VII del Libro V), Nydia pese a ser ciega atraviesa gran parte de la ciudad en medio del desbarajuste que supone la erupción del Vesubio, con gente gritando y corriendo hacia todos lados, nubes tóxicas, construcciones que se derrumban y obstáculos esparcidos por todas partes. ¿Puede ser creíble esto?


[1] Del novelista y político inglés Edward George Earle-Bulwer-Lytton, Primer Barón de Lytton (Londres, 25/5/1803 – Torquay, 18/1/1873). En inglés: The Last Days of Pompeii (1834). 
[2] La tradición asegura que Constantino I, el Grande, finalmente fue bautizado en su lecho de muerte por el propio Eusebio de Nicomedia. Es decir que un arriano habría bautizado a un pagano que fue el principal sostenedor del trinitarismo (¡oh, paradoja!). Hay que recordar también que Eusebio de Nicomedia era pariente del emperador.  
[3] La aldea de Naím (o Naín o Nein) todavía subsiste. Se encuentra a unos 10 km escasos al sudeste de Nazaret.
[4] Algo similar pasó con los españoles cuando tomaron contacto con los guaraníes: como este pueblo amerindio no tenía ídolos, lo supusieron ateo (siglo XVI). Tiempo después, los monjes jesuitas descubrirían que no era así.


Héctor Zabala es un narrador y ensayista argentino, jefe de redacción de REVISTA SESAM *, además de contador público nacional (UBA). Nació en 1946 y reside en la ciudad de Buenos Aires.
Jurado en un certamen de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE, Caseros, 2009) y en dos certámenes internacionales (2007 y 2008) de la Sociedad de Escritores de San Martín.
Premio Internacional en el III Encuentro Teórico del Género Fantástico ANSIBLE (La Habana, Cuba, 2006). Finalista en el Concurso Internacional de Minicuento Fantástico “miNatura 2006” (Madrid, España). Tres Primeros Premios Nacionales (SESAM 2005, Poetas del Encuentro 2005 y 2008). Cuatro Menciones Nacionales (SADE-Escobar 2006, OPYC 2005, Poetas del Encuentro 2006 y 2007).
Unas treinta revistas literarias de varios países han publicado en Internet o en papel sus cuentos premiados o reeditado algunos de sus artículos.

* publicación literaria virtual con miles de lectores en 59 naciones (http://www.sesamweb.com.ar/)

domingo, 27 de junio de 2010

ENSAYO SOBRE “CHACALES Y ÁRABES” DE FRANZ KAFKA, por Héctor Zabala

ENSAYO SOBRE “CHACALES Y ÁRABES”, DE FRANZ KAFKA


La obra técnicamente es muy buena. Tiene indicios como el del látigo del segundo párrafo, anticipando el desenlace del diálogo entre el jefe chacal y el extranjero del Norte. Logra una tensión permanente porque los chacales rodean al extranjero, lo sujetan por la ropa, ejercen una continua amenaza que nadie garantiza que no pueda terminar en tragedia para el pobre hombre que sólo intentaba dormir.
Pero la pregunta clave es: ¿Quiso aquí Franz Kafka escribir un cuento de árabes y chacales? En principio, convengamos que la narración es de género fantástico: los chacales no hablan por más inteligentes que sean.
Partiendo de este detalle, entiendo que todo el cuento es una metáfora. Se refiere a un pueblo sometido y en parte maltratado que vive en tierras de otro pueblo, dominador y arrogante, aunque a veces también condescendiente.
Kafka conocía como nadie a judíos y cristianos. Era un hombre muy culto y perspicaz que había nacido en un hogar en el que se observaban las tradiciones judaicas pero en medio de una comunidad cristiana dominante. Su propio padre tenía una clientela cristiana, sus hermanas y él habían asistido a colegios alemanes, etc. Además, conocía –era consciente– de la lucha ancestral, solapada y a veces no tanto, de judíos y cristianos en el viejo continente. Era absolutamente conocedor del amor-odio entre ambos pueblos. De las actitudes ambivalentes de los cristianos respecto de los judíos que vivían entre ellos y viceversa. Sabía de los pogromos pero también de la tolerancia y colaboración entre unos y otros. También del resentimiento y de la desconfianza mutuas.
¿Quiénes son entonces los árabes del cuento? Los cristianos europeos.
¿Y quiénes los chacales? Los judíos europeos.
¿Qué es el oasis? Europa.

Varios indicios me llevan a esta conclusión:
1) Juntos pero separados. En el cuento, chacales y árabes viven juntos pero separados. Exactamente como convivían judíos y cristianos en la Europa de Kafka. “¿No es ya bastante desdicha que debamos vivir exilados entre semejante gente”, dice el chacal viejo. Es decir, compartían como a medias un territorio y tenían hasta un cierto tipo de contacto pero hasta ahí nomás. La hospitalidad del árabe es conocida y hasta proverbial; y puede ser que Kafka jugara también con eso, algo como: te recibo y serás bien atendido pero mientras estés dentro de casa.
2) Dominador y dominado. La posición del árabe es dominante (como la del cristiano europeo): impone la regla y tiene el látigo para hacerla cumplir; además ocupa el oasis (Europa), al que van también los chacales (los judíos despreciados), pero estos se acercan como merodeando. El chacal es una buena alegoría del judío europeo de entonces, el tipo que no termina de afincarse del todo porque sueña con ser independiente, libre. En cuanto a lo demás, lo que está fuera de Europa, es como un desierto: está fuera del oasis, fuera de lo que pueda servir para la subsistencia de un pueblo como el judío de entonces, pueblo relativamente débil que indudablemente la pasaba mal, muy mal.
3) Purificador e impuro. La actitud de los chacales en el cuento es casi religiosa, mística, lo cual se compadece con la tradición del judaísmo. Lo importante para los chacales es por sobre todo la pureza del alimento. Algo que es una constante bíblica y judaica. Son tradiciones antiquísimas que todavía continúan entre muchos judíos ortodoxos modernos. No hay más que leer el Levítico [1] o el Deuteronomio [1] para ver la importancia que la pureza del alimento significa para el pueblo judío. Los árabes del cuento serían los cristianos, los que contaminan los alimentos al no seguir los estrictos lineamientos bíblicos ni rabínicos, los que comen parte y dejan lo demás a los chacales (judíos) a modo de carroña. Un verdadero escándalo. Los chacales son los que entonces se sienten obligados a purificar los alimentos; casi como una obsesión. No, los árabes (los cristianos) no deberían intervenir en los asuntos de los chacales (los judíos), nos dice su jefe. Como buen viejo es también el que mejor conserva las tradiciones de su pueblo y aclara: “Queremos que los árabes nos dejen en paz; aire respirable... no oír el quejido de la oveja que el árabe degüella; que todos los animales mueran en paz; para ser purificados por nosotros, sin interferencia ajena... Pureza, queremos sólo pureza...”
4) Amor-odio. Al igual que en la Europa de cristianos y judíos, en el cuento juega la constante del amor-odio entre árabes y chacales. Hay mucho resentimiento de ambas partes, pero también hay admiración y hasta cierto tipo de amor o de respeto que tratan de tapar con el aparente desdén hacia el otro. Los chacales no odian completamente a los árabes, al menos no al extremo de correr el riesgo de contaminarse: “No queremos matarlos. No habría bastante agua en el Nilo para purificarnos”, aclara el jefe chacal. Por su parte, el árabe comenta de los chacales: “Por eso los queremos; son nuestros perros; más hermosos que los vuestros”. Y al final del cuento le dice al extranjero: “Lo has visto. Maravillosas bestias, ¿no es verdad? ¡Y cómo nos odian!” Sin embargo, ese amor del árabe no le impide castigarlos con latigazos sin un motivo justificable. El árabe está encantado con esa ambivalencia, es consciente de ese amor-odio, quizá hasta un poco más que los propios chacales.
5) Las contradicciones de ambos pueblos. Los cristianos europeos acogían a los judíos en sus comunidades pero después se quejaban sin mayor motivo y les hacían sentir su desprecio. Cosa parecida hace el árabe cuando les trae expresamente un alimento sustancioso (un camello muerto) pero después juega, con bastante perversión, con echarlos a latigazos. Los chacales, en tanto, devoran lo que les trae el árabe pero igual siguen resentidos por el maltrato. Análogamente, la actitud de los judíos europeos era por entonces parecida a la de los chacales del cuento: se consideraban un pueblo distinto, casi independiente, pero consentían en usar toda oportunidad material que se les presentaba aunque viniera de infieles cristianos. Y además no les impedía mantenerse en una actitud permanentemente resentida y quejumbrosa contra los mismos que los protegían y les permitían prosperar.
6) La actitud mesiánica. Los chacales, al igual que los judíos, tenían la esperanza de liberarse de la opresión. ¿Qué representa entonces el extranjero del Norte? Obviamente, el Mesías. Alguien que los chacales suponen superior a los árabes. Un Mesías guerrero, no uno pacífico. Esto fue siempre tradición judaica y desde tiempos antiquísimos. Alguien que acabara de una vez y por todas con la opresión del pueblo judío.
7) Verdad y comedia. Pero en Kafka no puede faltar la ironía descarnada; la idea de que nada puede solucionarse, se haga lo que se haga, se intente lo que se intente.
El jefe de los chacales tiene un plan, pero es un plan infantil. Le trae al desconocido del Norte una tijera para que extermine a todos los árabes; un elemento que ni siquiera es un arma aunque en ocasiones podría funcionar como tal. Pero es una tijera oxidada, inservible. De todas maneras, la tarea sería impracticable para el pobre extranjero porque los árabes son muchos. Simplemente sería una locura intentarlo. Quizás entonces lo que Kafka haya querido decirnos es que los planes mesiánicos del judaísmo de entonces (1916) eran absurdos. Simplemente una especie de comedia que sólo servía para mantener una fe, una esperanza, generación tras generación, pues la tijera llevaba siglos pasando de chacal a chacal, aunque ya había perdido el filo por completo.
El más consciente de esta comedia que ambos grupos interpretan (y aquí viene lo terrible de Kafka) es el árabe. No el jefe chacal, el que más conoce las tradiciones. Quizá en parte porque el árabe es conocedor de su propia fuerza que lo hace arrogante, quizá en parte por considerar al chacal como un incapaz de liberarse en serio (y tal vez hasta un poco cobarde) pero también porque ve la cosa desde afuera y sabe que el intento es absurdo: “...todo el mundo lo sabe; mientras existan árabes esas tijeras se pasearán por el desierto, y seguirán vagando con nosotros hasta el último día. A todo europeo se las ofrecen, para que lleve a cabo la gran empresa; todo europeo es justamente aquél que ellos creen enviado por el destino. Esos animales alimentan una loca esperanza; bobos, son verdaderos bobos”.
Esto último también sería una metáfora. El cristianismo de entonces, tal como el árabe del cuento, también era arrogante: veía el pensamiento mesiánico judaico con compasión, como algo inútil, como algo bobo o loco, porque para el cristiano el Mesías ya había venido y no podía haber otro.
Una última reflexión. Para quien quiera ver algún signo ofensivo en la palabra chacales, es conveniente recordar que no era ese el punto de vista de los hebreos antiguos, que es aquí lo que interesa, ya que Kafka se refiere a tradiciones muy viejas (“...hace tanto, tanto que te esperábamos; mi madre te esperó, también la suya, y una tras otra todas sus madres, hasta llegar a la madre de todos los chacales”).
La palabra chacales (siempre en plural, nunca en singular) aparece catorce [2] veces en la Biblia y ésta es una fuente confiable en cuanto al verdadero significado del vocablo para los antiguos. El del capítulo 30:28-29 de Job quizá sea el más significativo al respecto: “Entristecido anduve por todos lados [...] Hermano para los chacales vine a ser, y compañero para las hijas del avestruz”, dando a entender la gran aflicción del patriarca Job, quien se sentía abandonado, triste. Nótese que Job no se avergüenza en llamarse a sí mismo hermano de los chacales.
Los chacales para los patriarcas y profetas bíblicos no connotaban animales peligrosos ni crueles ni indignos, simplemente se los relacionaba con situaciones tristes o con lugares no muy aptos para la habitación humana (parajes desolados), que ocupaban por timidez o por cierta desconfianza natural hacia el hombre (vgr. Jeremías 49:33: “...tiene que llegar a ser albergue de chacales, un yermo desolado hasta tiempo indefinido”). Incluso al chacal hembra se lo consideraba como una excelente madre (“Aun los chacales mismos han presentado sus ubres. Han amamantado a sus cachorros...” [3] ), en evidente contraste con lo que pensaban esos mismos hebreos del avestruz en ese mismo versículo de Lamentaciones 4:3 (“...la hija de mi pueblo [Jerusalén] se hace cruel, como los avestruces en el desierto”) y también en Job 39:13-15, donde a dicha ave se la califica de mala madre.

[1] En particular Levítico, capítulo 11, y Deuteronomio, capítulo 14.
[2] Las catorce referencias bíblicas sobre los chacales son: Job 30:29, Salmos 44:19, Isaías 13:22, 34:13, 35:7, 43:20, Jeremías 9:11, 10:22, 14:6, 49:33, 51:37, Lamentaciones 4:3, Miqueas 1:8 y Malaquías 1:3. Corresponden todas al Antiguo Testamento, que es el que interesa en este caso.
[3] Lamentaciones 4:3.


(del libro Un médico rural, 1916, de Franz Kafka)

Acampábamos en el oasis. Mis compañeros dormían. Un árabe, alto y blanco, pasó a mi lado; había estado ocupándose de los camellos y se dirigía a su tienda.
Me eché de espaldas en el pasto; traté de dormir; no podía; un chacal aullaba a lo lejos; volví a sentarme. Y lo que antes estaba tan lejano, de pronto estuvo cerca. Me rodeaba una multitud de chacales; ojos que destellaban como oro mate y volvían a apagarse; cuerpos esbeltos que se movían ágil y rítmicamente, como bajo un látigo.
Por detrás de mí, uno de los chacales se acercó, pasó bajo mi brazo, se apretó contra mí, como si buscara mi calor, luego se colocó enfrente y me habló, con los ojos casi en los míos:
–Soy, con mucho, el chacal más viejo. Me alegra grandemente poder saludarte por fin. Ya casi había perdido toda esperanza, hace tanto, tanto que te esperábamos; mi madre te esperó, también la suya, y una tras otra todas sus madres, hasta llegar a la madre de todos los chacales. ¡Créelo!
–Me asombra –dije, olvidándome de encender la pila de leños preparada para ahuyentar con el humo a los chacales–, me asombra mucho lo que dices. Sólo por casualidad he venido del lejano Norte y estoy de paso por vuestro país. ¿Qué queréis de mí, chacales?
Y como alentados por estas palabras, tal vez demasiado amistosas, estrecharon el cerco en torno de mí; todos jadeaban con la boca abierta.
–Sabemos –comenzó el decano– que vienes del Norte; en eso residen nuestras esperanzas. Allá existe la comprensión que no encontramos entre los árabes. De esta fría arrogancia, bien lo sabes, no se puede arrancar la menor chispa de comprensión. Matan animales para comérselos y desprecian la carroña.
–No hables tan alto –dije–, hay árabes que duermen aquí cerca.
–Realmente, eres un extranjero –dijo el chacal–; si no, sabrías que ni una sola vez en la historia del mundo un chacal ha temido a un árabe. ¿Por qué habríamos de temerles? ¿No es ya bastante desdicha que debamos vivir exilados entre semejante gente?
–Puede ser, puede ser –dije–, no quiero juzgar asuntos que están lejos de mi competencia; parece una enemistad muy antigua; debe estar en la sangre; tal vez sólo termine con la sangre.
–Eres muy sutil –dijo el viejo chacal; y todos jadearon más ansiosamente; agitados, a pesar de estar inmóviles; un olor rancio, que a veces me obligaba a apretar los dientes, emanaba de sus fauces abiertas–. Eres muy perspicaz; eso que has dicho concuerda con nuestra antigua tradición. Así es, haremos correr su sangre, y terminaremos la lucha.
–¡Oh! –dije, con demasiada vehemencia quizás–; ellos se defenderán; con sus armas de fuego los matarán a miles.
–No nos comprendes –dijo él–, es una condición bien humana, que según veo también existe en el Norte. No queremos matarlos. No habría bastante agua en el Nilo para purificarnos. Nos basta ver sus cuerpos vivientes para salir corriendo, hacia el aire puro, hacia el desierto, que por eso es nuestra morada.
Y todos los chacales del círculo, a los que se habían agregado mientras tanto muchos otros que venían de más lejos, hundieron los hocicos entre las patas delanteras, y se los frotaron para limpiarse; parecían querer ocultar una repugnancia tan espantosa, que sentí deseos de dar un gran salto sobre sus cabezas y escapar.
–Entonces, ¿qué os proponéis hacer? –pregunté, tratando de ponerme de pie, pero no pude: dos jóvenes bestias me habían aferrado con los dientes la chaqueta y la camisa por detrás; tuve que quedarme sentado.
–Te sostienen la cola –explicó con serenidad el chacal viejo–, una señal de respeto.
–¡Soltadme! –exclamé, volviéndome alternativamente hacia el viejo y hacia los jóvenes.
–Naturalmente, te soltarán –dijo el viejo–, ya que es tu deseo. Pero tardarán un poco, porque han mordido profundamente, como es su costumbre, y ahora deben aflojar lentamente los dientes. Mientras tanto, atiende nuestro pedido.
–Vuestra conducta no me ha predispuesto demasiado a atenderlo –dije.
–No reproches nuestra torpeza –dijo él, y por primera vez recurrió al tono lastimero de su voz natural–, somos unas pobres bestias, sólo tenemos nuestros dientes; para todo lo que queremos hacer, lo malo y lo bueno, sólo disponemos de nuestros dientes.
–Bueno ¿qué quieres? –le pregunté, no muy reconciliado.
–Señor –exclamó, y todos los chacales aullaron; lejanamente, remotamente, me pareció una melodía–. Señor, tú debes poner fin a esta lucha, que divide el mundo en dos bandos. Exactamente como eres tú, nuestros antepasados nos describieron al hombre que llevaría a cabo la tarea. Queremos que los árabes nos dejen en paz; que el aire sea respirable; que la mirada se pierda en un horizonte purificado sin su presencia; que no oigamos el quejido de la oveja que el árabe degüella; que todos los animales mueran en paz; para ser purificados por nosotros, sin interferencia ajena, hasta que hayamos vaciado sus osamentas y pelado sus huesos. Pureza, queremos sólo pureza –y aquí lloraban, sollozaban todos–. ¿Cómo soportas este mundo, noble corazón y dulce entraña? Porquería es su blancura; porquería es su negrura, un horror son sus barbas; basta ver las órbitas de sus ojos para escupir; y cuando alzan el brazo vemos en sus axilas la entrada del infierno. Por eso, señor, por eso, ¡oh, amado señor!, con la ayuda de tus manos todopoderosas, degüéllalos con estas tijeras.
Y respondiendo a un movimiento de su cabeza, apareció un chacal, de uno de cuyos colmillos colgaba un pequeño par de tijeras de costura, cubiertas de antiguo herrumbre.
–Bueno, ya aparecieron las tijeras, iy ahora basta! –exclamó el guía árabe de nuestra caravana, que se había deslizado hacia nosotros con el viento en contra y hacía restallar su enorme látigo.
Todos huyeron con rapidez, pero a cierta distancia se detuvieron, estrechamente apretados entre sí; todas esas bestias se reunieron en un grupo tan rígido y apiñado, que parecía un pequeño hato, acorralado por fuegos fatuos.
–Así que tú también, señor, has contemplado y oído esta comedia –dijo el árabe, y rió tan alegremente como lo permitía la sobriedad de su raza.
–¿Tú también sabes lo que quieren esas bestias? –pregunté.
–Naturalmente, señor –dijo él–, todo el mundo lo sabe; mientras existan árabes esas tijeras se pasearán por el desierto, y seguirán vagando con nosotros hasta el último día. A todo europeo se las ofrecen, para que lleve a cabo la gran empresa; todo europeo es justamente aquél que ellos creen enviado por el destino. Esos animales alimentan una loca esperanza; bobos, son verdaderos bobos. Por eso los queremos; son nuestros perros; más hermosos que los vuestros. Fíjate, esta noche murió un camello, lo hice traer aquí.
Aparecieron cuatro mozos que arrojaron ante nosotros el pesado cadáver. Apenas lo depositaron, los chacales elevaron sus voces. Como arrastrados por otras tantas cuerdas irresistibles, se acercaron, titubeantes, frotando el suelo con el cuerpo. Se habían olvidado de los árabes, olvidado de su odio; la presencia del hediondo cadáver los hechizaba, borraba todo lo demás. Ya uno se prendía del cuello, y con el primer mordisco llegaba hasta la aorta. Como una diminuta y patente bomba aspirante, que quisiera con tanta decisión como pocas probabilidades de éxito apagar algún enorme incendio, cada músculo de su cuerpo se estremecía y se esforzaba en su tarea. y pronto se entregaron todos a la misma tarea, amontonados sobre el cadáver, como una montaña.
Entonces, el guía los fustigó una y otra vez con su cortante látigo, vigorosamente. Alzaron la cabeza, en una especie de paroxismo extasiado; vieron ante ellos a los árabes; sintieron el látigo en los hocicos; dieron un salto hacia atrás, y retrocedieron corriendo, hasta cierta distancia. Pero la sangre del camello ya había formado charcos en el suelo, humeaba, el cuerpo estaba abierto en varios sitios; volvieron; nuevamente alzó el guía su látigo; detuve su brazo.
–Tienes razón, señor –me dijo–, dejémoslos seguir con su tarea; además, ya es hora de levantar campamento. Lo has visto. Maravillosas bestias, ¿no es verdad? ¡Y cómo nos odian!
 (Artículo de Héctor Zabala y adaptación sobre una traducción de Jordi Rottner )

Héctor Zabala es un narrador y ensayista argentino, jefe de redacción de REVISTA SESAM *, además de contador público nacional (UBA). Nació en 1946 y reside en la ciudad de Buenos Aires.
Jurado en un certamen de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE, Caseros, 2009) y en dos certámenes internacionales (2007 y 2008) de la Sociedad de Escritores de San Martín.
Premio Internacional en el III Encuentro Teórico del Género Fantástico ANSIBLE (La Habana, Cuba, 2006). Finalista en el Concurso Internacional de Minicuento Fantástico “miNatura 2006” (Madrid, España). Tres Primeros Premios Nacionales (SESAM 2005, Poetas del Encuentro 2005 y 2008). Cuatro Menciones Nacionales (SADE-Escobar 2006, OPYC 2005, Poetas del Encuentro 2006 y 2007).
Unas treinta revistas literarias de varios países han publicado en Internet o en papel sus cuentos premiados o reeditado algunos de sus artículos.

* publicación literaria virtual con miles de lectores en 59 naciones (http://www.sesamweb.com.ar/)

sábado, 26 de junio de 2010

Últimas noticias Boek861 Boek Visual 25 06 10


KÜNSTAINER INICIA UN NUEVO CICLO CON UN NUEVO ESPACIO
PARA LA CREACIÓN: ESTACIÓN CREACTIVA
INAUGURACIÓN: Este sábado 26/06/10 a las 20 h. (puntualidad inglesa) Estación de Autobuses de Tarragona
www.caldodecultivo.com
Estacion Creactiva /Nuevo Proyecto Kunstainer / Unai Reglero

Antologia de Poesia Visual del Boek Visual
Poeta antologado: Alfonso Aguado
Ver obras, libro electrónico y video de Alfonso Aguado en
http://boek861.blog.com.es



EX!POESÍA 2010  la Bienal de Poesía Experimental de Euskadi , visita La PAPA, y lo hará a partir del día

2 de Julio, día en que se inaugura esta exposición de poesía visual.
Será a partir de las 20.30 h.
en nuestro local del carrer Tapioles 12, bajos.
Este año una de las actividades que esta potenciando la bienal es "ex!poesía en otras ciudades",
la primera muestra se realizó en la galería de autor en San Lorenzo del Escorial en el mes de Febrero, en Julio estará en la sala La PAPA,
en Octubre en la sala MX de Barcelona y en Diciembre en Béjar.
Las obras expuestas serán de los autores
Javier Seco, Eduardo Barbero y J. Jesús Sanz.
La Bienal de Poesia Experimental de Euskadi 2010 en La PAPA

viernes, 25 de junio de 2010

Reseña de “LLUVIAS TORRENCIALES”, de Juan Pomponio Castiglione

Lluvia errante

El tiempo del misticismo nunca concluye, la voz silente de un espíritu sin edad atraviesa distancias siderales para instalarse en los contornos del alma.
¿Qué sucede con nosotros, los mortales, cuando las fibras internas de nuestra médula son acariciadas por el arte de un poeta y por la fuerza irresistible de su poesía? Ocurren prodigios, explota la materia orgánica y resurgen las Diosas ocultas en el misterio insondable de la quietud femenina. La mano diestra de un virtuoso observador de la vida escribe desde un sitio conocido para él, tangible para su corazón. Tal vez sus dedos se hallen embebidos en la tinta negra de viejas historias, de hechos que jamás se produjeron a la luz de una realidad concreta, de situaciones que acaecieron gracias a la fábula de la seducción. 

Así me siento a la orilla de mi esencia, estoqueada y conmovida por la frescura de las LLUVIAS TORRENCIALES que el escritor, poeta y artista plástico Juan Pomponio Castiglione, acaba de publicar. Su ojo de cíclope invisible se halla en el centro mismo de una literatura ajena al tiempo lineal, amparando los acertijos que sólo los entendidos pueden descifrar al internarse en su mundo de sensibilidad y belleza.    
Releo la composición pura del libro y descubro el encantamiento que proviene de antaño, la contemplación de la naturaleza en su vasta manifestación y presencia escrita. Sus versos resoplan aquellos arcanos que solamente las cavidades internas del cuerpo de una mujer pueden atesorar en centurias de goce frustrado y de un placer cosechado por escasos hombres que se aproximan al ente real que nos mueve como hembras dadoras de vida. En éste poemario no solamente abunda y se derrama erotismo plagado de fragancias exquisitas, sensualidad en el hechizo de cada palabra cuidada con rudimentos simples, sino que las estrofas destilan la figura de ese espíritu habitante de la noche, convidado al amanecer para saborear el dulzor de un instante donde el Amor penetra en los recodos del Ser.

Juan Pomponio Castiglione es un escritor incomparable que transporta una valija cargada de metáforas que le son propias, fieles a su estilo y a su poesía vista desde un plano ascético. Sus venas parecen estar iluminadas por el sendero de cierta sabiduría ancestral que se aloja en su subconsciente, íntimamente conectado con un mundo al que sólo accedemos la perpetuidad femenina. Aquellas “Mareas lunáticas” entregadas “En los campos del tiempo” resuenan en “El pentagrama de la bruma” y “La marea evapora lágrimas” cuando nos contorneamos en una danza circular “Al ritmo de las lluvias”. El agua incesante de su pasión alegórica estremece, resuena cayendo página tras página y nos hace vibrar intensamente las cuerdas de una y de todas las mujeres, en el punto exacto en que asoman los sueños para ser trasladados del plano físico a lo sublime del deseo. 


KARINA ROLDAN es Coreógrafa, Maestra de danzas, Bailarina, Directora de la Compañía Karina Roldán y Escritora.

martes, 22 de junio de 2010

Nembrot, de José María Pérez Álvarez. Reseña de Óscar Sotillos



Juego de palabras


De José María Pérez Álvarez. Nembrot. Barcelona: DVD ediciones, 2002


Nembrot es una historia de amor”, dice la solapa del libro, pero la solapa miente. Ya lo anuncia el título del último fragmento de la novela: La última mentira. Pero acusar de mentir en literatura no es ningún agravio, sólo una redundancia, y en esta novela la mentira es parte ineludible de la trama. Sin embargo el amor juega también un papel imprescindible, tal y como lo hace en toda la historia de la literatura. Acaso en Nembrot el amor y la mentira vayan de la mano para cubrir ciertas carencias –soledad, vuelve a decir la solapa- y la vida/escritura de sus protagonistas no sean sino un trayecto con el que cubrirlas.
Pero Nembrot es, ante todo, un ejercicio de teoría literaria llevado a la ficción, un planteamiento de las palabras como generadoras de vida. Palabras que a veces, de tan gastadas como las confesiones del amor, carecen de la magia proteica; palabras que a veces pueden ocultar mentiras pero que nadie tiene derecho a fijar con un punto final.
En su novela José María Pérez Álvarez elige la figura de un escritor hastiado de sí mismo que se reinventa cambiando su Buenos Aires natal por Vigo, así como su nombre por un pseudónimo. Su prolífica escritura –53 novelas con una colección propia, la Serie Rosa- no le satisface lo más mínimo, de modo que su verdadero nombre queda relegado al buzón de casa y a la autoría de algún libro de poemas caídos en el olvido. El erotismo y la pasión de la escritura que repudia es, sin embargo, la materia con la que nutre su vida de carne y hueso. Es, en ese sentido, la antítesis de su compañero de apartamento, Horacio, un individuo anodino que huye o se desploma –literalmente- cuando la vida le obliga a tomar las riendas. Ernesto -el escritor, el vividor- y Horacio –el continuo lector pasivo y personaje movido por hilos en manos del azar- están condenados a enamorarse. La solapa también lo dice: “Nembrot es una historia de amor entre dos hombres que intentan huir de su soledad.” No es, sin embargo, una novela de género gay –si es que existe tal género-, por lo que aquellos dados a prejuicios pueden igualmente adentrarse por los laberintos de un hombre que a los cuarenta años descubre su homosexualidad releyendo con atención su memoria.
“Alguien debería compulsar mis textos, expurgarlos y establecer un corpus crítico con esas referencias trascendentes que pertenecerían a Ernesto Jorge Bralt Cosío; lo otro, el erotismo, sería imputable al sedicente Uribe. ¿Por qué no lo hacés vos?” Mientras que Ernesto trata de rescatar sus joyas de entre el lodo de Uribe (su pseudónimo), trata también en la cotidiana convivencia con Horacio tenderle trampas, o más bien pistas, que le saquen de su particular inopia.
A partir de este argumento José María Pérez Álvarez crea un entramado plagado de juegos literarios. Las referencias, veladas o no, a escritores, películas o letras de boleros son continuas. El narrador, Horacio, nos habla desde las hojas de papel que arruga y acaba tirando a la papelera de su cuartucho en la pensión Pleamar donde se recluye. Desdoblando los pliegues se abren las voces de los personajes secundarios, así como las reflexiones del mismo Horacio o las que pone en boca de Ernesto, ausente, o del supuesto Uribe, como si los fantasmas pessoanianos pidiesen la voz y la palabra que les fuera usurpada. En este devenir el tiempo se desata, la linealidad cronológica desaparece desordenada como los muros de Mondoñedo cuando nadie lee a Álvaro Cunqueiro en palabras de Osozvi, uno de los actores secundarios.
Como Dios dio nombre a la luz para crearla, Cunqueiro ordenó las palabras que formaban Mondoñedo y Nembrot, el héroe de la Biblia, mandó construir la Torre de Babel que a la postre habría de parir todas las lenguas con las que se habrían de nombrar las cosas. No en vano la novela en lugar de abrirse con una cita la deja para el final, palabras de José Ángel Valente que urgen a no caer en el silencio más que con la muerte:
“El día en que este juego sin fin con las palabras se termine
habremos muerto.”


“- Cuando Cunqueiro dejó de escribir, descorchamos la botella y asomados a un ventanuco contemplamos la plaza, la catedral, la gente que iba y venía. Entonces, cago no demo, observé que los contornos de los edificios se hacían imprecisos, borrosos, y que alguna persona caminaba sin cabeza, otra sin brazos, que los picos de los montes se volvían cada vez más romos. Me estoy muriendo, pensé. Sobrio, pero muriendo. Cerré los ojos y los abrí de nuevo.”

Óscar Sotillos es disperso y curioso por naturaleza, con dos libros de relatos publicados y un docena de borradores en la cabeza. Últimamente aprende a ser padre. Y lo que le queda. Algunas huellas en la red: http://elpixelenelojo.blogspot.com/ ;  http://sietevoces.blogspot.com/"