martes, 26 de octubre de 2010

Reseña de Manon Lescaut, del Abate Prevost, por Federico Montalbán López


Manon Lescaut y el renacer del amor romántico


Reseña de Manon Lescaut, del Abate Prévost.


 Me pregunto quién inventó el corazón humano. Dímelo, y muéstrame el lugar donde lo ahorcaron. La cita es de "Justine", de Lawrence Durrel. No es por señalar a nadie pero el Abate Prévost es considerado por muchos como uno de los responsables del renacimiento del amor romántico en en el mundo occidental. No fue el único pero sí de los primeros. Su novela "Manon Lescaut", publicada en 1731, precedió a la "La nueva Eloísa" de Rousseau, "Rojo y negro" de Stendhal, "Noches blancas" de Dostoievski o "Madame Bovary" de Flaubert. En todas ellas aparece el amor romántico como en la novela de Prévost: apasionado y fatal, enfrentado a la razón, dueño y señor del destino de los personajes, fuente sin fin de desgracias. 
             

            La patética historia de amor comienza cuando el caballero Des Grieux,  un joven de familia ilustre y de conducta tranquila y morigerada, acaba sus estudios de filosofía y decide volver a casa de sus padres. La noche antes de hacerlo, conoce a Manon Lescaut y cae rendido a sus pies. La posibilidad de presentársela a su familia y empezar una relación de pareja pública y libre es descartada. Están en la Francia del siglo XVIII. Deciden huir juntos dando inicio a una serie de episodios que irán desde la infidelidad hasta el asesinato, pasando por la ruina económica, las trampas en el juego, la cárcel, la prostitución y el proxenitismo, el exilio a Nueva Orleans... Las desgracias se suceden a tal velocidad que no hay quien deje de leer.
            Como novela, Manon Lescaut es ejemplar y entretenida. Quien la lea puede encontrar en ella casi de todo: desde reflexiones sobre la moral de la época hasta el frenesí de acontecimientos dramáticos ya enumerados. Es uno de esos clásicos de lectura atractiva y ágil. El mismo Abate Prévost cita a Horacio en una Advertencia del autor para decir, más o menos, que no se cuente en quinientas páginas lo que se puede contar en cien. Y bien que se aplica el cuento. Además de los méritos literarios de la narración, los que cuentan de verdad, merece la pena reflexionar acerca de la idea de amor romántico desencadenada por la novela.
            El amor entre el Caballero Des Grieux y Manon Lescaut sienta las bases del paradigma del amor romántico que todavía nos domina,  un amor que...
            ...es divino: pero no fuera el amor una divinidad si no operase a menudo tales prodigios. Cuando los amantes piensan que el amor es divino, no hacen otra cosa que dejarse llevar por aires de grandeza. Mi amor es divino. Amo como un dios. También eluden toda responsabilidad. No son ellos los que deciden cómo vivir el amor sino el amor el que parece manejarlos a su antojo, como un marionetista cruel jugando con dos muñecos. Sin embargo, más que un producto de los dioses, el amor es un producto de las personas, construido a base de modelar e interpretar humanamente los impulsos de la naturaleza. Una prueba a esta afirmación se puede encontrar en la respuesta a la siguiente pregunta:  ¿Acaso no nos han enseñado estas novelas, las películas y las teleseries cómo debemos enamorarnos y amar?
            ... es revolucionario. En aquel instante me sentía resuelto a sacrificar por Manon todos los obispados del orbe católico. Según el sociólogo Francesco Alberoni, uno se enamora cuando no está satisfecho con lo que tiene y quiere, de forma consciente o no, darle un vuelco a sus expectativas. Quizás el caballero Des Grieux sacrifica con gusto los obispados porque es algo que, en el fondo, no quiere. La revolución del amor es pequeña, cosa de una o dos personas (quizás tres) pero que, sumándose una a otra, puede provocar importantes cambios sociales. Las mujeres ya no van acompañadas de dote para compensar la carga y el matrimonio homosexual es ley.
            ...es implacable. Cuando alguien se enamora, es capaz de superar cualquier dificultad con tal de estar con la persona amada. Así lo explica el mismo caballero Des Grieux cuando las cosas se les ponen feas en Nueva Orleans: No obstante, perseveré en mi propósito de mantenerme hasta el fin dentro de la mayor moderación, decidido, en caso de que persistiera en la injusticia, a ofrecer a América uno de los espectáculos más sangrientos y horripilantes que jamás el amor haya podido ocasionar.
            ... es sádico. A pesar de verlo claro (Preveo que por ti voy a perder mi reputación y mi fortuna. Leo en tus bellos ojos mi destino; pero tu amor bastará a consolarme de  todas mis pérdidas.) Des Grieux persevera en su amor. Claro que una cosa son las necesidades del contador de historias (¿quién quiere leer una historia en la que todo sea dicha y felicidad?) y otra es que las personas se empeñen en mantener amores desgraciados. A veces, es necesario distinguir realidad de ficción.
            ... es superior a la vida. A los amantes, llevando al paroxismo el sadismo anterior, les gusta coquetear con la muerte. Morir si no me devuelves mi corazón, le dice Manon a Des Grieux. En la novela de Prévost no se llega a extremos bárbaros como en otras. En "Rojo y negro", sin ir más lejos, la señora de Rênal perdona a Julian que le pegara dos tiros porque lo hizo por amor. La frase de Manon ha sido retorcida a lo largo de los años y ha tomado variantes terribles como: Te mataré si no me amas.
            ... es asimétrico. Si Manon hubiese sido fiel, a buen seguro que yo, de temperamento apasionado y constante, fuera feliz toda la vida. Rara, por no decir inexistente, es la pareja en la que alguien no sienta que da más amor del que recibe. En la novela esto se pone de manifiesto en el papel secundario de Manon Lescaut. No es que ella le sea infiel, al fin y al cabo él acepta prostituirla, es que durante toda la historia permanece en segundo plano. Manon es amada locamente pero la intensidad de su amor por Des Grieux no llega a estar del todo clara en ningún momento.

A pesar de todo lo anterior, el Abate Prévost no acabó colgado. Aunque su final no fue mucho mejor. Según cuenta Andrea Macía en el prólogo de la edición de Lípari, el autor de "Manon Lescaut" fue encontrado sin vida, aparentemente, en el bosque de Chantilly. Pero, según un rumor que circuló insisténtemente por la época, la muerte se la provocó el bisturí del forense cuando empezó a realizar la autopsia. Un autor con un final a la altura de sus historias. En todo caso, la maldición de Justine se realizó siglos después de la muerte del Abate Prevost, por lo que podemos confiar en que no haya relación entre una y otra.


Federico Montalbán López nació, qué se le va a hacer, en Murcia, allá por 1974. Es licenciado en Veterinaria y diplomado en Educación Social. Desde entonces, ha sido cosas de todo tipo: vacunador de ovejas, peluquero de perros y gatos, escudo humano, ama de casa, educador en barrios excluidos, bloguero... Se dio a la escritura cuando tenía 18 ó 20 años. Primero con boli bic (cristal) verde, después con una pluma Mont Blanc heredada y finalmente con el Word de toda la vida. Ha colaborado con varias revistas y algún que otro programa de radio. Tiene publicada una novela, un ensayo y un libro de cuentos. Recientemente, ganó el primer premio del IV Certamen de cuentos Enrique de Sena. En la actualidad vive en los confines del mundo civilizado con Mercedes y dos gremlins a los que, por descuido, alimentaron después de media noche. Escribe a diario en el blog www. elhombremadecasa.com









martes, 12 de octubre de 2010

Mi nombre es Nadie, de Bruno Jordán. Reseña literaria de Francisco Javier Illán Vivas



MI NOMBRE ES NADIE


 
Francisco Javier Illán Vivas



Reseña literaria de Francisco Javier Illán Vivas.

Ante libros como el presente, uno se pregunta, ¿qué es la poesía?, o puede llegar más allá, como lo hace el autor del prólogo, “poesía, ¿para qué?”, y no sé si es acertado responder a esa cuestión o dejarla planteada, o bien, darla por respondida, como hace Bruno Jordán en la dedicatoria: “Para el Cíclope que mora y gobierna la aldea global”, mucho más global hoy, en 2010, que en 1999, cuando se editó este libro.

Bruno Jordán es el heterónimo de José Rodríguez Campos, nacido en 1958 en Águilas, al que conocí gracias a esos mundos de Internet interminables, sorprendentes, que te deparan inopinadas sorpresas a cada esquina del teclado, o del ratón. Y él, al que yo creía inglés o norteamericano, vive cerquica de mí, permitidme ese adjetivo murcianico.
Además, dirige el periódico digital para promoción de la cultura llamado ALTERIDAD, la revista Poe + y un montón de proyectos de difusión cultural que me llevaría todo el comentario. Tuve el placer y el honor de que me invitase a su casa, sentarme junto a una taza de café, en una calurosa tarde de verano para charlar sobre todos sus proyectos, sobre la revista Poe +, sobre Pepe Cuervo, que ilustra “Mi nombre es Nadie”, sobre sus colaboraciones- ya perdidas en el tiempo- en Ágora papeles de arte gramático, sobre... y después me mostró su trabajo de poesía visual, ilustrándome con muchos ejemplos ese mundo para mí desconocido aún, a pesar de haber leído-visto a Alexis R, a Agustín Calvo, a Cesc Fortuny a...
El presente libro está compuesto por veintisiete poemas, muchos de ellos ilustrados por Pepe Cuervo, y un par de prólogos, el primero firmado por Ferrán Fernández y el siguiente por Tomás Matallanos, además de unas breves notas biográficas sobre Bruno-Pepe, al final de la edición, que cierran un círculo de poesía que debería ser leía en 3D, o vista, contemplada con algunas gafas especiales que así lo permitieran.
Me quedo con el poema, me quedo con la imagen, por el placer de saber que Mi nombre es Nadie.


FICHA:
MI NOMBRE ES NADIE
de Bruno Jordán
Edita: Editorial Ópera Prima
Madrid, junio de 1999
Género: poesía
Encuadernación: Rústica
ISBN: 978-84-89460-85-X
58 páginas.
Página del autor.
Ilustraciones de: Pepe Cuervo
Prólogos de: Ferrán Fernández y Tomás Matallanos

Reseña literaria de Francisco Javier Illán Vivas.


Francisco Javier Illán Vivas es Escritor, Poeta, Crítico literario, Periodista, coeditor de la revista poética ÁGORA, agitador cultural murciano  y un sinfín de cosas más ...

jueves, 7 de octubre de 2010

El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. Reseña literaria de Josep Pradas



Salvajes y superhombres agotados


Reseña de El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad (publicada en 1902)
La figura del superhombre confrontado con un entrono salvaje tiene un magnífico ejemplo en una obra que ya es un clásico: El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. Escrita entre 1898 y 1899, el autor recogía en ella sus propias experiencias en el centro de África, durante la colonización del Congo Belga. 


Se puede descubrir en este relato una completa, intensa y emocional descripción de la experiencia del hombre civilizado que se adentra en un territorio salvaje muy parecido al estado natural en que se basaron los contractualistas ingleses para levantar el edificio de la sociedad (Hobbes, Locke), un territorio salvaje donde aún no se ha implantado la ley de la civilización. Aunque es más que probable que los humanos que habitaran ese territorio tuvieran sus propias leyes, desde la perspectiva del explorador europeo se impone la ausencia de ley, no sólo porque desconoce las leyes indígenas (y no va a preocuparse por conocerlas tampoco), sino sobre todo porque asume la exploración bajo el presupuesto de que se adentra en un territorio sin ley, sin la ley que rige en su país de origen, y sabe que esa condición es muy ventajosa para él y sus propósitos. Conrad denuncia aquí que el aparato ideológico del paternalismo europeo que desea liberar a los salvajes de su propio salvajismo es sólo una tapadera para encubrir un intenso y bien planificado proceso de rapiña de las riquezas de ese territorio, saqueado hasta el límite, tanto en sentido económico como ecológico.
Este relato debería ser de obligada lectura para los estudiantes adolescentes que afrontan el tema de la colonización sin demasiados referentes concretos, sólo ante un mapa de África cuyos colores se corresponden con países europeos, casi todos ellos bienintencionados liberadores de esos pobres indígenas. Al menos, algunos comenzarían a ver con mejores ojos la presencia de inmigrantes sub-saharianos en las calles de las ciudades europeas, y podrían aceptar que ellos tienen hoy derecho a estar aquí buscando lo que nosotros, los europeos, fuimos a quitarles por la fuerza en su propio territorio.

En medio de ese espeso bosque, en medio de la jungla, está el personaje de Kurtz, un alemán que lleva mucho tiempo sin dar noticias de su paradero a la compañía colonizadora, porque al parecer se ha convertido en una especie de mandarín entre los indígenas, a los que parece proteger pero a quienes a su vez rapiña el codiciado marfil. Esta figura, que Conrad presenta en plena fase terminal de su enfermedad (deliberadamente indeterminada, entre otras cosas porque en el territorio salvaje hay también enfermedades que los europeos temen por desconocimiento absoluto de sus causas), rememora el mito del superhombre. Es un ser que fascina por su atrevimiento, que logra adhesiones incontestables entre sus subordinados, entre desconocidos, entre los mismos salvajes subyugados por la fuerza de esos colonizadores que se empeñan en poner luz sobre las tinieblas de la jungla. Conrad acaba desenmascarando al héroe, no hay más remedio que hacer prevalecer la verdad. Ese tipo fascinante sólo es un europeo aprovechado adentrado en el estado natural que representa la jungla, en el corazón de las tinieblas, y que ha aprendido a sacar partido de ese juego con la oscuridad, de ese coqueteo con la ausencia total de ley, para lo cual se requiere una absoluta falta de escrúpulos morales. Su figura es sólo una parodia del superhombre.
Tanto la figura del salvaje como la del superhombre están en el horizonte mental de los europeos desde los primeros descubrimientos geográficos hasta ese final de siglo XIX e inicios del XX, en que se desvanecerá toda ilusión de grandeza, después de la I Guerra Mundial. En ese punto, la civilización europeo-occidental supo medir sus límites, los verdaderos límites de su mundo, más allá de los cuales le iba a ser imposible pasar, como podemos comprobar en el presente, tanto en el presente europeo como en el presente africano, que se resiente y se resentirá durante décadas de la actividad frenética de esos salvajes que llegaron en barcos de metal y poseían palos que escupían fuego. El mérito de Joseph Conrad consiste en haber vislumbrado el engaño de unos y el futuro fracaso de todos, y en hacerlo tan tempranamente que nadie, sin duda, le tomó en serio.

Josep Pradas (Castellón, 1965), es licenciado en filosofía y ensayista, ha editado libros infantiles y es co-editor de la revista electrónica de filosofía Astrolabio (Universidad de Barcelona, http://www.ub.edu/astrolabio).




viernes, 24 de septiembre de 2010

DIARIO DE UN SUPERVIVIENTE. Reseña literaria de Francisco Javier Illán Vivas



DIARIO DE UN SUPERVIVIENTE


 
Francisco Javier Illán Vivas



Reseña literaria de Francisco Javier Illán Vivas.


DIARIO DE UN SUPERVIVIENTE

Este es UNO de organismos europeos de normalización Libros Que Te asaltan Por Sorpresa, Inesperado Libros, Más bien ", inopinado Libros, porqué no podias Imaginar Que ESE amigo Que ves Cada Mañana, incluso Muchas tardes, entregado un su Trabajo Informático de Como, also Tiempo encuentra Su dejar párrafo Sobre el Papel-eufemismo, supongo, de la Pantalla del Ordenador DEJANDO-y va Su Crónica personal pecado darla proponerse una Conocer a Nadie, Día Hasta Que un ...

Y de como José Manuel Piqueras es Ingeniero Técnico en Informática, TRABAJA COMO Analista de Sistemas párr La Misma Empresa Que Este os Que Escribe, pués me sorprendio, aunque heno Más servicios Sinceros Que, no podia servicios de Otra forma-lei CUANDO EN UNA PÁGINA DE Internet, Creo Que en Divandando, Que acompañaría a la guitarra una Una poeta, en los Actos Culturales Que la Asociación Cultural Diván organizaciones en Cartagena. Más aùn, Cuando leo Que es profesor de guitarra en El Conservatorio de Murcia. Definitivamente, Quede boquiabierto.
No podia leer HACER Otra Cosa Que Este "Diario de un superviviente", dónde son los cantantes José Manuel vu nep uña de personal Experiencia Su Crónica DESDE 1983 a 2007, Una pecado Veces date Conocida o no queriendo reconocerla, Otras Cita con Clara, Casi Con la Precisión de la Hora, Minuto y Segundo del dia.
A lo largo de Casi 24 años, el Mas de La Mitad De Su Vida en Aquel Momento, sí nep mostrará de como poeta, narrador, contador de cuentos, ensayista, Pero Sobre Todo, superviviente, improvisador, cronista Su Pensamientos de Vida Propia Y Sus Estós en Cada Momento, en Cada Día de la Realidad Que El ve, no Exenta de Obsesiones reiterativas Que van desapareciendo, Sí ESO, A lo largo del Diario párrafo dejar Su site Otras uno Otros, ya Través de ELLOS, SEAMOS Testigos de Como he La Realidad Más Cercana DESDE SUS pupilas.



FICHA:
DIARIO DE UN SUPERVIVIENTE
de José Manuel Piqueras Hernández
Edita: Editora Regional.
Murcia, abril de 2007.
Género: ensayo.
Encuadernación: Rústica.
ISBN: 978-84-7564-361-8
293 páginas.
Ilustraciones de: José Manuel Piqueras Hernández.

Francisco Javier Illán Vivas es Escritor, Poeta, Crítico literario, Periodista, coeditor de la revista poética ÁGORA, cultural murciano agitador y un sinfín de Cosas sin más ...

LA MEMORIA DE LUCIFER. Reseña literaria de Francisco Javier Illán Vivas


LA MEMORIA DE LUCIFER


 
Francisco Javier Illán Vivas



Reseña literaria de Francisco Javier Illán Vivas.

Que Patrick Ericson es un escritor incansable, persistente, impenitente, queda claro cuando uno lee que desde 2008 a hoy ha publicado 5 novelas, y puede que este año aún salga a la luz una más. Personalmente no soy partidario de esa proliferación, siempre recuerdo las palabras que Blanca Andreu: “publicar un libro al año a toda costa para estar en candelero va en detrimento de la obra”, y la poeta oriolana nos recordaba también que “es preferible tener mucho tiempo a la hora de publicar entre otras cosas porque se talan árboles para hacer libros”, algo muy a tener en cuenta en los tiempos de cambio climático.

Pero la anterior es una opinión personal que espero y deseo, en lo de publicar más de una obra al año vaya en detrimento de la obra, no ocurra con Patrick Ericson, que en esta nueva novela nos insiste sobre temas que forman parte de sus novelas publicadas hasta la fecha: leyendas, misterios, esoterismo, religión, historia, política, tecnología, giros permanentes en la acción, traslados rapidísimos de un lugar geográfico a otro, y acción, mucha acción. Casi hay un hilo conductor en su obra en torno a estos temas, a los que debemos añadir unas gotas de numerología, cabalismo y aspectos similares para descifrar, bien sea un pasaje bíblico, bien sea unas letras hebreas, bien unos números, que nos darán claves ocultas que agradarán a los amantes de estas materias.
El autor, presentando la novela en Murcia 
La presente novela está centrada, sobre todo, en la ciudad de Toledo, donde el autor nos dice que estuvo situado el Jardín del Edén, pero también que no es una ciudad cualquiera, sino el lugar donde se concentraba la quintaesencia del Mal, donde Salomón- sí, sí, el Shelomó rey judío de un insignificante reino de la antigüedad- vino a enterrar el Grial, lo que para esta novela es la memoria de Lucifer; y en que el próximo 21 de diciembre de 2010 acontecerá un suceso que, de producirse, provocaría que el universo siguiese existiendo eternamente... y que el espíritu del hombre jamás hallaría descanso.
Patrick toma como base leyendas de la ciudad de Toledo en torno a la Torre de Hércules, al rey Rodrigo, aquel que perdió España contra los musulmanes, y reúne en torno a eso a los más variados personajes políticos, sacerdotes católicos, rabinos judíos, periodistas, y un largo etcétera que irán conformando una novela cuya acción se desarrolla en apenas tres días y que tendrá un final posiblemente inesperado para muchos, o previsto para otros, sobre todo tras leer la contraportada y a la referencia a la serie de películas de Matrix, porque quienes son seguidores de Lucifer, casi todos nos los va descubriendo desde el primer momento, para que el lector sepa que ahí no está el misterio; quienes son del otro bando, también; quienes no tienen nada que ver, igualmente.
Francisco Javier Illán presentando al autor y a su novela en Murcia
Hay un personaje nombrado en toda la novela, que es importantísimo, pero que no aparece prácticamente, y es el padre Robert O´Brian, lo que me parece otro acierto de esta trama. Bueno, a fuer de ser sinceros, sí aparece, pero en pésimas condiciones en las primeras dos o tres páginas, tras el prosélito prólogo de Sergio G. Ros.
Citaba al principio que uno de los temas preferidos de las novelas de Patrick es la religión, sobre todo la católica, a la que le encanta dejar en mal lugar, como una catarsis que no comprendo; igualmente, el insistir en supuestos secretos milenarios que provocarán consecuencias mundiales y que les traen sin cuidado- como mínimo- a más de 1.300 millones de personas de este mundo, (”Cuando se terminen los mil años, Satanás quedará libre de su oscura prisión y saldrá a seducir a las naciones de los cuatro extremos de la tierra”, pag 31).
La edición de Hera tiene algunos defectos que, una vez más, estoy convencido de que si el autor tuviese más tiempo para dedicarlo a sus obras que se van a imprimir, no ocurrirían. Faltan letras en algunos pasajes (alguna que otra “s”), guiones grandes de conversación, tabulación mal alineada... y mayor empeño en que sus obras tengan más repercusión mediática. Creo que Patrick ya ha demostrado que puede publicar con casi todas las editoriales españolas, incluso ha sido traducido al portugués y publicado en Brasil, como para reclamar de las editoriales que respeten más su obra.



FICHA:
LA MEMORIA DE LUCIFER
de Patrick Ericson
Edita: Hera Ediciones
Sevilla, mayo de 2010
Género: Narrativa
Encuadernación: Rústica
ISBN: 978-84-937177-9-7
277 páginas.
Página del autor.
Página del libro.
Prólogo de: Sergio G. Ros

Francisco Javier Illán Vivas es escritor, poeta, crítico literario, periodista, coeditor de la revista poética ÁGORA, agitador cultural murciano y un sinfín de cosas más...

martes, 14 de septiembre de 2010

Dublinesca, de Enrique Vila-Matas. Reseña de Antonio Guerrero

                                         Incertidumbre

 Antonio Guerrero

La era de Gutenberg está a punto de acabarse. Esas son las palabras que Enrique Vila -Matas refleja en su libro “Dublinesca”. Su interés es alertarnos de que la era digital ha llegado a su máximo apogeo y que la literatura impresa tienes los días contados. En su libro, un homenaje al Ulises de Joyce, refleja la nostalgia y la empatía de un editor apocado y meditabundo que busca o que encuentra el hedor de sus propios fantasmas.


 Tras la lectura de este libro, debo decir, las palabras parecen verter un rumor terrible y maravilloso a incertidumbre.  En realidad, todo lo que puede encontrarse entre las páginas es una reflexión magistral sobre lo posible, lo probable y lo deseable dentro de la literatura.  Como diría un profesor muy querido por mi, Manuel Vaz, todo lo que ha terminado ocurriendo es porque años fue imaginado.
¿De verdad se acabarán los libros impresos? ... planteo.  ¿Qué va a ocurrirles a esos personajes maravillosos de nuestra imaginación cuando descubran que ya no tienen páginas por las que deambular? ¿Qué será de los escritores cuando ya no tengan el olor a libro nuevo entre sus manos? ¿Y qué va a ser de los lectores cuando  no puedan llevarse a la cama los susurros de los libros? ¿Tuvo estos pensamientos Frank Darabont, cuando escribió el guión de “Fahrenheit 451” al adaptar la novela de Ray Bradbury? ¿Todo fue una pesadilla?
El trabajo de este excelente crítico y narrador, entre metaliteraturas, expone una situación real. Su narración es un debate, ciertamente, profundo y comprometido. Pero, propongo, ¿qué sería lo justo y lo correcto en este caso? ¿Qué podríamos hacer el común de los seguidores de estos engendros maravillosos de la literatura? La aportación que me gustaría resaltar ante este final anunciado,  y antes de que ocurra, es que es posible la salvación del libro impreso. Para ello los seguidores de las realidades hipostasiadas debemos plantear una resistencia, tal como expreso una resistencia humanística. Supongo que si el libro se mantiene vivo entre una minoría selecta que le perpetúa puede sobrevivir. Esa es nuestra responsabilidad, la de nuestra minoría. Al mismo tiempo es nuestro derecho a la disidencia.  Por otro lado la salvación puede venir lejos de la lucha armada con otro planteamiento, algo más cuestionable: la síntesis con otros formas artísticas, es decir, la idea de otro género.

Antonio Guerrero es Diplomado en Relaciones Laborales. (U.H.U.) y Estudiante de  Filosofía. UNED. Almería.  

miércoles, 30 de junio de 2010

ALGUNAS CRÍTICAS A LA OBRA “LOS ÚLTIMOS DÍAS DE POMPEYA”. Reseña literaria de Héctor Zabala

ALGUNAS CRÍTICAS A LA OBRA  “LOS ÚLTIMOS DÍAS DE POMPEYA”, DE E. BULWER-LYTTON

 Por Héctor Zabala ©


Los últimos días de Pompeya[1] es una obra de género realista; entendiéndose por tal a toda creación literaria que busque respetar las leyes naturales. 


En efecto, en esta obra no aparecen fantasmas ni hadas ni cosas parecidas. Si bien en el último capítulo del Libro II está el mago y sacerdote de Isis, Arbaces, “mostrándole” el futuro a Iona (una de las heroínas), el asunto no alcanza para calificarlo de fantástico. La circunstancia de que ambos se encuentren en el peculiar palacete del mago y que Arbaces intente seducir a la chica mediante el estupor y el miedo (y quizá hasta con la ayuda de algún alucinógeno), más allá de que la imagen profética después no se diera, hacen de la escena más que dudosa para considerarla de género fantástico.
La novela intenta mostrarnos cómo era la vida de los antiguos romanos. La trama y el desarrollo son buenos, aunque por momentos el relato se torna un tanto pesado, cosa no necesariamente atribuible a la manera de escribir del siglo XIX; máxime que para 1834, época en que fue escrita, ya había literatos de pluma muy grácil como Edgar Alan Poe, sólo por dar un ejemplo.
Pero más allá del estilo del autor, que fue objeto de crítica por muchos, he hallado varias inexactitudes en esta obra de Edward George Bulwer-Lytton, cuya historia se desarrolla en Pompeya (Campania, Italia) durante el año 79 de nuestra era. El 24 de agosto de ese año la erupción del Vesubio destruiría esa ciudad junto con la de Herculano.
Estas inexactitudes deberían servirnos de alerta sobre el peligro que corre un autor que intenta una novela histórica o de trasfondo histórico sin estar suficientemente informado.


Las inexactitudes de la obra:

1) “...un hombre de aspecto serio y de elegante porte, con el que se había encontrado dos veces en su camino, le dirigió una mirada dubitativa y le tocó el hombro:
–Apaecides –dijo, haciendo un gesto rápido con las manos, que era la señal de la cruz.” (Libro I, capítulo VIII)

El texto no expresa con claridad si el cristiano Olintho hace la señal de la cruz en dirección a Apaecides o si la hace para sí, pero tanto en un caso como en otro estaría fuera de contexto histórico (los primitivos cristianos no la practicaban) y además no tendría ningún sentido. Apaecides no era todavía un catecúmeno (postulante al bautismo cristiano) sino un sacerdote de Isis. Tampoco tendría lógica que Olintho se persignara para alejar un supuesto mal (a modo supersticioso) porque su intención era la de charlar amigablemente con Apaecides sobre la doctrina cristiana.
La primera referencia a la señal de la cruz data recién del año 230 y la debemos a Tertuliano. No hay constancia histórica de que los cristianos de los dos primeros siglos utilizaran ese rito, introducido tardíamente en el cristianismo. Tal práctica no se encuentra en el llamado Nuevo Testamento ni en otros textos de escritores cristianos de los siglos I y II. Incluso el propio Tertuliano refiere que aun en su tiempo se la practicaban a los candidatos al bautismo, quienes eran marcados con una señal de la cruz en sus frentes durante la formación de su catecumenado. Tertuliano no dice que tal rito se lo practicara el cristiano a sí mismo sino que más bien se lo practicaba a otros y en esa sola circunstancia especial. La idea era la de bendecir, antes que la de persignarse. De todos modos, esto ocurría en el siglo III, nunca tan temprano como a fines del siglo I, época en que se sitúa la novela.

2) El egipcio Arbaces, sacerdote de Isis, trata de convencer a su discípulo Apaecides de que el cristianismo es un plagio:
“–Esa fe –comenzó– es un plagio extraído de una de las muchas alegorías inventadas por nuestros sacerdotes antiguos. Observa –añadió, señalando un rollo de pergamino– en estas viejas imágenes el origen de la Trinidad cristiana. Ahí tienes representados tres dioses: Dios, el Espíritu y el Hijo. Date cuenta de que el epíteto que se aplica al Hijo es el de “Salvador”. Fíjate también que el símbolo en que se resume su calidad humana es una cruz. Aquí tienes la mística historia de Osiris, cómo fue condenado a muerte, cómo fue enterrado y cómo, causando un asombro general, resucitó de entre los muertos...” (Libro II, capítulo IV).

La comparación con el misterio de Osiris es muy ingeniosa, pero el inconveniente estriba en la palabra Trinidad y en la idea misma. El término Trinidad no se encuentra en la Biblia, por lo que es muy improbable que los primitivos cristianos conocieran la idea. De hecho la palabra es de origen latino, es decir ni hebreo ni griego, idiomas originales de tales escrituras. Además la Trinidad no fue establecida como doctrina cristiana en el siglo I sino mucho después.
Más allá de que algunos aseguren, sin fundamento fidedigno, de que la Trinidad era una verdad incuestionable entre los primeros cristianos, la realidad histórica determina que el tema fue planteado por diferencias doctrinarias tan tarde como en el siglo IV y que se necesitó que un emperador todavía pagano (si es que alguna vez lo bautizaron [2] ), Constantino I, el Grande, ordenara un concilio para decidir sobre la naturaleza de Dios, pues la grey cristiana estaba fuertemente dividida en ese tema fundamental.
Fue en el Concilio de Nicea (año 325) que se discutieron las posturas del trinitarismo y del llamado arrianismo. La primera defendida por el obispo Alejandro y el diácono Atanasio, ambos de Alejandría. La segunda, por el presbítero Arrio, de Alejandría, y el obispo Eusebio de Nicomedia.
El concilio, al que asistieron más de trescientos obispos, quedó dividido en tres corrientes doctrinarias:
a)    La trinitaria, que decía que Padre e Hijo eran de la misma sustancia y ninguno precedía al otro en existencia.
b)    La arriana, que afirmaba que eran de naturalezas distintas y que el Padre había precedido al Hijo, pues éste había sido creado por aquel.
c)    La semiarriana, que defendía una postura intermedia: ambos serían de la misma naturaleza y si bien el Hijo no habría tenido un inicio temporal igual debía considerarse al Padre como precediéndolo en existencia.

La mayoría del concilio se inclinaba por la postura c), pero finalmente el emperador Constantino se decidió por la postura a), con el fin de evitar un cisma que probablemente perjudicara la estabilidad del Imperio. Como Arrio y Eusebio se negaran a firmar, su doctrina fue declarada herética y se decretó la quema de sus libros. Más tarde fueron perdonados y les fueron devueltos los honores eclesiásticos pero Arrio entretanto murió en circunstancias extrañas.
Como vemos, muy lejos estaban los primeros cristianos de tener como credo absoluto el de la Trinidad, aun ya avanzado el siglo IV. En el siglo I, época en que se sitúa la novela, ni siquiera se había planteado el asunto, razón por la que el egipcio Arbaces no habría podido decir lo que está entrecomillado.

3) El autor narra una reunión de cristianos a la que asiste Apaecides en calidad de observador o de curioso, conducido por Olintho:
“La puerta se abrió. Doce o catorce personas se sentaban en un semicírculo, en silencio, al parecer absortos en sus pensamientos; en la pared opuesta se veía un crucifijo toscamente tallado en madera.
Cuando Olintho entró, levantaron todos la cabeza sin pronunciar palabra. El propio nazareno, antes de aproximarse a ellos, se arrodilló súbitamente, detuvo su mirada en el crucifijo y comenzó a mover los labios, dando a entender a Apaecides que estaba orando. Realizado este rito, Olintho se dirigió a la congregación...” (Libro III, capítulo III).

El origen del crucifijo data del siglo VI y ni siquiera se conoció inmediatamente en territorio italiano, pues su creación se debe a artistas bizantinos muy posteriores a la caída del Imperio Romano de Occidente. No hay ningún objeto de este tipo de los siglos I al V hallado por los arqueólogos ni tampoco referencia bibliográfica alguna de que tal objeto se usara antes del siglo VI.
En cuanto a la cruz como símbolo (sin la representación del cuerpo de Jesús de Nazaret) data de época menos tardía (siglo III o IV), pero muy posterior al año 79 en que se sitúa la novela. La cruz era en aquel tiempo todavía un elemento oficial de tortura y ejecución, instrumento para nada simpático entre los antiguos. La cristiandad tardó bastante en decidirse a adoptarla como símbolo sagrado.
En cambio, sí había distintos tipos de cruces en otros cultos. Por ejemplo entre los hinduistas (esvástica), budistas (sauvástica), egipcios paganos (gamada), etc., pero correspondían siempre a símbolos religiosos no cristianos. 

4) Nydia, la tesalia ciega, le dice en privado a su amigo y protector Glauco, el ateniense:
“...¡Oh, háblame de Grecia! Aunque sea una pobre tonta, te comprenderé. Y creo que de haber permanecido en aquellas tierras, de haber sido una joven griega cuyo feliz destino hubiese sido amar y ser amada, yo misma, con estas manos, habría armado a mi amante para luchar en un nuevo Maratón, en una nueva Platea...” (Libro III, capítulo IV).

Estas palabras proponen la liberación de Grecia, que por entonces (siglo I) era territorio del Imperio Romano, pues Nydia hace un franco paralelismo con la invasión que sufrieran los griegos cinco siglos antes a manos de otro imperio: el Persa.
La frase es muy patriótica y poética, pero dicha a un ateniense suena tragicómica en boca de una mujer de Tesalia. Máxime cuando ambos contertulios no podían ignorar el triste papel que le tocó a esa región en las guerras médicas, época a que se refiere la ciega. Los tesalios, justamente por estar al norte del estratégico desfiladero de las Termópilas, no sólo no se aliaron a los atenienses y espartanos para defender el país sino que encima debieron unirse a los numerosos invasores extranjeros. Difícilmente una tesalia real hubiera tenido cara para expresar lo que el autor le hace imaginar y decir a su personaje Nydia.

5) Un diálogo entre un viejo cristiano, Medón, y el recién bautizado Apaecides se desarrolla en parte así:
“–¿Es cierto, como dicen, que tú viste el rostro de Cristo? [dice Apaecides]
–El rostro que resucitó de entre los muertos. Has de saber, joven prosélito de la verdadera fe, que yo soy aquel sobre el cual has leído en los pergaminos de los Apóstoles. En la ciudad de Naím, en la lejana Judea, vivía una viuda, pobre de espíritu y de corazón entristecido, porque de todos los alicientes que existen en esta vida sólo le restaba un único hijo. El hilo que unía a la mujer con la vida quedó roto y el aceite se secó en las vasijas de la viuda. Colocaron el cadáver en el féretro y, ya cerca de las puertas de la ciudad, donde la multitud se amontonaba, el silencio prevaleció sobre los lamentos funerarios, porque el Hijo de Dios pasaba por allí. La madre, que seguía al féretro, lloraba... El silencio, y todos los que miraban se daban cuenta de que su corazón estaba destrozado. Y el Señor se apiadó de ella, tocó con sus manos el féretro y dijo ‘Levántate y anda’. Y el muerto resucitó y vio el rostro del Señor. ¡Oh, qué expresión más serena y solemne..., qué inexpresable sonrisa..., qué mirada llena de comprensión y ternura, llena de la benignidad de Dios, había en sus ojos, que disipaban las sombras de la tumba! Me levanté y hablé. Estaba vivo y me lancé a los brazos de mi madre. Sí, yo era un muerto redivivo. La gente gritó, las trompetas funerarias entonaron alegres canciones y por doquier se oía el mismo grito: ‘Dios ha visitado a su pueblo’. Yo no pude oírlo..., no sentía nada, no veía nada, excepto la faz del Redentor.” (Libro IV, capítulo IV).

La narración es muy conmovedora y repite parte de lo dicho por el discípulo Lucas en el capítulo 7 de su evangelio (aunque el evangelista no nombra a ningún Medón), pero adolece de un defecto imperdonable que no podía haber cometido un natural del lugar, como era el hijo de la viuda: Naím no quedaba en Judea.
La aldea de Naím [3] estaba en Galilea, a muy corta distancia de Nazaret. Para llegar a Judea, había que atravesar todo el distrito de Samaria y los antiguos eran muy puntillosos en estos asuntos de geografía. El caso es tan absurdo como si un natural de Buenos Aires dijese en Estados Unidos que la capital de Argentina está en la Provincia de Córdoba. La confusión del autor quizá provenga de que en el libro de Lucas se dice al final de la anécdota: “Y estas noticias respecto a él se extendieron por toda Judea y por toda la comarca” (Lucas 7:17). La expresión se extendieron no significa que dicha aldea estuviese comprendida en Judea sino que apunta a señalar que la fama de Jesús de Nazaret se difundía por las regiones cercanas.
El otro asunto, también inconcebible, es que el personaje habla de los pergaminos de los Apóstoles. Éste es un error que tampoco hubiera podido cometer un cristiano del primer siglo, versado en las escrituras. La anécdota de la viuda de Naím sólo se encuentra en el evangelio de Lucas, pero Lucas no fue apóstol de Cristo. Era un médico, discípulo cristiano como tantos, pero nunca apóstol. Es más, Lucas ni siquiera conoció a Cristo directamente. Todo lo relatado en su libro le fue contado por terceras personas (ver Lucas 1:1-4).

6) En los funerales de Apaecides, el narrador dice:
“Seguían después los sacerdotes de Isis, descalzos, con sus níveas túnicas y agitando hojas de maíz...” (Libro IV, capítulo VII).

Sabíamos que los antiguos romanos habían alcanzado una gran extensión territorial, ¡lo que no sabíamos era que entre tanta conquista también habían descubierto América quince siglos antes que Cristóbal Colón!
El párrafo es absurdo. El maíz (Zea mayz) es una planta gramínea de origen americano. Y ésta es la razón de por qué no se la nombra nunca en obras clásicas de la Antigüedad ni del Medioevo, tales como La Ilíada, La Odisea, la Biblia, Las mil y una noches, etc. Sencillamente, el maíz era desconocido en el Viejo Mundo antes del siglo XVI.

7) Después del arresto de Glauco, uno de los personajes dice en un diálogo:
“–...Dudo que esos nazarenos fuesen tan tolerantes, en caso de que su doctrina se convirtiera en religión estatal, si cualquiera de nosotros patease las imágenes de sus deidades, blasfemase de sus ritos o negase su fe.” (Libro IV, capítulo XVI).

Quien habla es un romano pagano, pero es obvio que parece un escritor cristiano de tiempos posteriores. Jamás un pagano del primer siglo hubiera podido hablar de imágenes de deidades cristianas.
Es decir, más allá de la intención del autor de hacer una ironía alegórica de lo que sería el exaltado catolicismo posterior, lo cierto es que los cristianos (nazarenos) del primer siglo no tenían imágenes en su culto y esto lo sabían perfectamente sus contemporáneos paganos. A tal punto era así, que el propio autor le hace decir a Clodio apenas unos párrafos adelante:
“–En cuanto al ateo, deberá enfrentarse sin más armas que sus manos al formidable tigre...”
Al decir “ateo” se refiere al cristiano Olintho. Los romanos de aquel tiempo llamaban ateos a los cristianos porque para ellos era inconcebible que un acólito creyese en un dios sin estatua. La deducción era simple: para los paganos si no había representación física, no había tal dios; ergo, eran ateos, no creían en nadie. [4]

8) Hay un largo párrafo en ese mismo capítulo XVI del Libro IV que es una especie de diálogo interior pues entremezcla hechos con pensamientos de Glauco. Casi al final del párrafo se dice:
“...Y, sin embargo, ¿quién hasta el final de los tiempos, mucho después de que su cuerpo se reintegrase a los elementos, iba a creerle inocente y a defender su buen nombre? Al recordar su entrevista con Arbases y los muchos motivos de venganza que concurrían en el corazón sombrío de aquel hombre terrible, ¿no era lógico creer que era la víctima de algún ardid misterioso y bien elaborado, cuyo origen y huellas intentaba descubrir sin éxito? Este pensamiento le absorbió [a Glauco] más que ningún otro. ¿Y en cuanto a Iona? Arbaces la amaba: ¿podía su rival haber provocado su ruina? Su noble corazón se vio más atormentado por los celos que por el temor. De nuevo, emitió otro lamento.”

En ese momento Glauco todavía no había adoptado el cristianismo. Era un griego pagano que vivía en Pompeya. Ni siquiera había hablado aún con Olintho. ¿Cómo iba a pensar en el final de los tiempos? Este concepto proviene del cristianismo (o, si les parece mejor, de una concepción cristiano-judaica); no consta en la antigua religión grecorromana.

9) Sosia, esclavo del egipcio Arbaces, dice a Nydia en un diálogo:
“–No me tientes. No puedo liberarte. Arbaces es un amo espantosamente severo. ¿Quién sabe si acabaría alimentando a los peces del Sarno? Ay, entonces todos los sestercios del mundo no podrían devolverme la vida...”

Hasta aquí muy bien. Pero el autor arruina todo cuando le hace decir inmediatamente:
“Mejor ser un perro vivo que un león muerto.” (Libro IV, capítulo XVII).

La ingeniosa comparación del perro y del león se encuentra en el libro bíblico de Eclesiastés (capítulo 9, versículo 4). No era un refrán romano ni griego y la Biblia todavía no estaba difundida entre los no cristianos de la antigua Roma. Mucho menos después de la destrucción de Jerusalén (año 70). El llamado Antiguo Testamente era absolutamente desconocido entre los paganos del primer siglo; mucho más para un esclavo como Sosia que no tenía ningún contacto con los seguidores de Cristo.

10) En un momento, el narrador escribe:
“...En aquel momento, volvieron a oírse desde el palacio iluminado los dos versos más rotundos de la canción de los juerguistas:
            Nos importa un rábano los dioses
            y no los aceptamos en la vida.
Y antes de que murieran estas palabras, los nazarenos, impulsados por una súbita indignación, eliminaron el eco del canto pagano con las estrofas de uno de sus himnos favoritos, que entonaron a voz en cuello.” (Libro IV, capítulo XVII).

Más allá de que el posterior himno que se transcribe no se encuentre en ninguna escritura bíblica ni libro de cristiano primitivo alguno y es una obvia creación del autor (lo cual es perfectamente válido en literatura), los juerguistas simplemente hablaban de los dioses como género y con seguridad de sus propios dioses paganos. Los cristianos eran apenas un puñado de hombres, insignificantes para que unos borrachos se acordaran de ellos y de su Dios. El propio autor habla de unos catorce en una reunión en Pompeya (ver lo trascripto en el punto 2), ciudad que tendría entre diez y doce mil habitantes.
Pero hay otro problema mayor: es muy poco creíble que un grupo cristiano del primer siglo se dedicara a desafiar de ese modo a unos juerguistas en medio de una ciudad hostil.
Los cristianos primitivos eran valientes cuando debían serlo, pero no hay constancia histórica de que fueran imprudentes. No se ponían a discutir o a desafiar de la forma en que lo presenta el autor. No hacían de su fe una competencia, sólo les interesaba predicar y llevar a la gente lo que entendían como la palabra de salvación. Usar un cántico cristiano para tapar una canción denigrante hacia dioses ajenos (además de promotora del vino y del amor carnal) está fuera del contexto histórico. El propio Jesús de Nazaret les había recomendado: sean inocentes como palomas pero cautelosos como serpientes (Mateo 10:16). 

11) Un detalle inadmisible es que Nydia pudiera escribir, si bien lo hizo con un punzón sobre una tablilla de cera y no con tienta. Quizá el hecho en sí no sea tan sorprendente si nos atenemos a que los padres hicieron por la educación de esta niña ciega todo lo que estuvo a su alcance (Libro IV, capítulo XVII). Lo verdaderamente extraño es que Nydia pudiera hacer un escrito tan largo como el que aparece en el Libro V, capítulo III: unas mil cien letras en castellano, que no supondrían muchas menos en griego.

12) En el circo el director del espectáculo hace luchar a los gladiadores dos veces en el mismo día (Libro V, capitulo II). Esto es claramente absurdo. Una lucha de ese tipo, contra otro profesional de nivel similar, implicaba un esfuerzo agotador.

13) El autor narra lo siguiente en el apogeo de la erupción del Vesubio:
“El aire se mantuvo tranquilo durante unos minutos; la antorcha de la puerta refulgía en la lejanía. Los fugitivos aligeraron el paso, llegaron a la puerta, pasaron junto al centinela romano y el resplandor de la luz iluminó su rostro lívido y se reflejó en su brillante casco, sus duras facciones permanecían serenas en medio de tanto horror. Permaneció inmóvil y erguido en su puesto.”

Hasta aquí muy bien, pero el autor “la embarra” con lo que sigue:
“Aquella hora de dura prueba no había alterado la maquinaria que regía la mayestática crueldad del sistema romano y que anulaba la iniciativa racional y la libertad del hombre. Y allí siguió, ajeno a los elementos desencadenados, porque no tenía permiso para abandonar su puesto y ponerse a salvo.” (Libro V, capítulo VI).

Esto es melodrama puro. Echarle la culpa de la posible muerte del centinela al “cruel” sistema romano es absurdo, máxime de parte de un escritor que era a la vez un político. Cualquiera que haya hecho el servicio militar sabe que esto es así y que lo fue siempre, antes y después de los romanos, y sin importar que el centinela esté sirviendo al rey más déspota de todos los tiempos o a la república más democrática del mundo: un centinela jamás puede abandonar su puesto sin orden superior. No es un empleado que terminado el horario de trabajo tiene derecho a decir “hasta mañana”.

14) En los últimos capítulos (en especial en el VII del Libro V), Nydia pese a ser ciega atraviesa gran parte de la ciudad en medio del desbarajuste que supone la erupción del Vesubio, con gente gritando y corriendo hacia todos lados, nubes tóxicas, construcciones que se derrumban y obstáculos esparcidos por todas partes. ¿Puede ser creíble esto?


[1] Del novelista y político inglés Edward George Earle-Bulwer-Lytton, Primer Barón de Lytton (Londres, 25/5/1803 – Torquay, 18/1/1873). En inglés: The Last Days of Pompeii (1834). 
[2] La tradición asegura que Constantino I, el Grande, finalmente fue bautizado en su lecho de muerte por el propio Eusebio de Nicomedia. Es decir que un arriano habría bautizado a un pagano que fue el principal sostenedor del trinitarismo (¡oh, paradoja!). Hay que recordar también que Eusebio de Nicomedia era pariente del emperador.  
[3] La aldea de Naím (o Naín o Nein) todavía subsiste. Se encuentra a unos 10 km escasos al sudeste de Nazaret.
[4] Algo similar pasó con los españoles cuando tomaron contacto con los guaraníes: como este pueblo amerindio no tenía ídolos, lo supusieron ateo (siglo XVI). Tiempo después, los monjes jesuitas descubrirían que no era así.


Héctor Zabala es un narrador y ensayista argentino, jefe de redacción de REVISTA SESAM *, además de contador público nacional (UBA). Nació en 1946 y reside en la ciudad de Buenos Aires.
Jurado en un certamen de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE, Caseros, 2009) y en dos certámenes internacionales (2007 y 2008) de la Sociedad de Escritores de San Martín.
Premio Internacional en el III Encuentro Teórico del Género Fantástico ANSIBLE (La Habana, Cuba, 2006). Finalista en el Concurso Internacional de Minicuento Fantástico “miNatura 2006” (Madrid, España). Tres Primeros Premios Nacionales (SESAM 2005, Poetas del Encuentro 2005 y 2008). Cuatro Menciones Nacionales (SADE-Escobar 2006, OPYC 2005, Poetas del Encuentro 2006 y 2007).
Unas treinta revistas literarias de varios países han publicado en Internet o en papel sus cuentos premiados o reeditado algunos de sus artículos.

* publicación literaria virtual con miles de lectores en 59 naciones (http://www.sesamweb.com.ar/)