El tiempo del misticismo nunca concluye, la voz silente de un espíritu sin edad atraviesa distancias siderales para instalarse en los contornos del alma.
¿Qué sucede con nosotros, los mortales, cuando las fibras internas de nuestra médula son acariciadas por el arte de un poeta y por la fuerza irresistible de su poesía? Ocurren prodigios, explota la materia orgánica y resurgen las Diosas ocultas en el misterio insondable de la quietud femenina. La mano diestra de un virtuoso observador de la vida escribe desde un sitio conocido para él, tangible para su corazón. Tal vez sus dedos se hallen embebidos en la tinta negra de viejas historias, de hechos que jamás se produjeron a la luz de una realidad concreta, de situaciones que acaecieron gracias a la fábula de la seducción.
Así me siento a la orilla de mi esencia, estoqueada y conmovida por la frescura de las “LLUVIAS TORRENCIALES” que el escritor, poeta y artista plástico Juan Pomponio Castiglione, acaba de publicar. Su ojo de cíclope invisible se halla en el centro mismo de una literatura ajena al tiempo lineal, amparando los acertijos que sólo los entendidos pueden descifrar al internarse en su mundo de sensibilidad y belleza.
Releo la composición pura del libro y descubro el encantamiento que proviene de antaño, la contemplación de la naturaleza en su vasta manifestación y presencia escrita. Sus versos resoplan aquellos arcanos que solamente las cavidades internas del cuerpo de una mujer pueden atesorar en centurias de goce frustrado y de un placer cosechado por escasos hombres que se aproximan al ente real que nos mueve como hembras dadoras de vida. En éste poemario no solamente abunda y se derrama erotismo plagado de fragancias exquisitas, sensualidad en el hechizo de cada palabra cuidada con rudimentos simples, sino que las estrofas destilan la figura de ese espíritu habitante de la noche, convidado al amanecer para saborear el dulzor de un instante donde el Amor penetra en los recodos del Ser.
Juan Pomponio Castiglionees un escritor incomparable que transporta una valija cargada de metáforas que le son propias, fieles a su estilo y a su poesía vista desde un plano ascético. Sus venas parecen estar iluminadas por el sendero de cierta sabiduría ancestral que se aloja en su subconsciente, íntimamente conectado con un mundo al que sólo accedemos la perpetuidad femenina. Aquellas “Mareas lunáticas” entregadas “En los campos deltiempo” resuenan en “El pentagrama de la bruma”y“La marea evapora lágrimas” cuando nos contorneamos en una danza circular“Al ritmo de las lluvias”. El agua incesante de su pasión alegórica estremece, resuena cayendo página tras página y nos hace vibrar intensamente las cuerdas de una y de todas las mujeres, en el punto exacto en que asoman los sueños para ser trasladados del plano físico a lo sublime del deseo.
“Nembrot es una historia de amor”, dice la solapa del libro, pero la solapa miente. Ya lo anuncia el título del último fragmento de la novela: La última mentira. Pero acusar de mentir en literatura no es ningún agravio, sólo una redundancia, y en esta novela la mentira es parte ineludible de la trama. Sin embargo el amor juega también un papel imprescindible, tal y como lo hace en toda la historia de la literatura. Acaso en Nembrotel amor y la mentira vayan de la mano para cubrir ciertas carencias –soledad, vuelve a decir la solapa- y la vida/escritura de sus protagonistas no sean sino un trayecto con el que cubrirlas.
Pero Nembrot es, ante todo, un ejercicio de teoría literaria llevado a la ficción, un planteamiento de las palabras como generadoras de vida. Palabras que a veces, de tan gastadas como las confesiones del amor, carecen de la magia proteica; palabras que a veces pueden ocultar mentiras pero que nadie tiene derecho a fijar con un punto final.
En su novela José María Pérez Álvarez elige la figura de un escritor hastiado de sí mismo que se reinventa cambiando su Buenos Aires natal por Vigo, así como su nombre por un pseudónimo. Su prolífica escritura –53 novelas con una colección propia, la Serie Rosa- no le satisface lo más mínimo, de modo que su verdadero nombre queda relegado al buzón de casa y a la autoría de algún libro de poemas caídos en el olvido. El erotismo y la pasión de la escritura que repudia es, sin embargo, la materia con la que nutre su vida de carne y hueso. Es, en ese sentido, la antítesis de su compañero de apartamento, Horacio, un individuo anodino que huye o se desploma –literalmente- cuando la vida le obliga a tomar las riendas. Ernesto -el escritor, el vividor- y Horacio –el continuo lector pasivo y personaje movido por hilos en manos del azar- están condenados a enamorarse. La solapa también lo dice: “Nembrot es una historia de amor entre dos hombres que intentan huir de su soledad.” No es, sin embargo, una novela de género gay –si es que existe tal género-, por lo que aquellos dados a prejuicios pueden igualmente adentrarse por los laberintos de un hombre que a los cuarenta años descubre su homosexualidad releyendo con atención su memoria.
“Alguien debería compulsar mis textos, expurgarlos y establecer un corpus crítico con esas referencias trascendentes que pertenecerían a Ernesto Jorge Bralt Cosío; lo otro, el erotismo, sería imputable al sedicente Uribe. ¿Por qué no lo hacés vos?” Mientras que Ernesto trata de rescatar sus joyas de entre el lodo de Uribe (su pseudónimo), trata también en la cotidiana convivencia con Horacio tenderle trampas, o más bien pistas, que le saquen de su particular inopia.
A partir de este argumento José María Pérez Álvarez crea un entramado plagado de juegos literarios. Las referencias, veladas o no, a escritores, películas o letras de boleros son continuas. El narrador, Horacio, nos habla desde las hojas de papel que arruga y acaba tirando a la papelera de su cuartucho en la pensión Pleamar donde se recluye. Desdoblando los pliegues se abren las voces de los personajes secundarios, así como las reflexiones del mismo Horacio o las que pone en boca de Ernesto, ausente, o del supuesto Uribe, como si los fantasmas pessoanianos pidiesen la voz y la palabra que les fuera usurpada. En este devenir el tiempo se desata, la linealidad cronológica desaparece desordenada como los muros de Mondoñedo cuando nadie lee a Álvaro Cunqueiro en palabras de Osozvi, uno de los actores secundarios.
Como Dios dio nombre a la luz para crearla, Cunqueiro ordenó las palabras que formaban Mondoñedo y Nembrot, el héroe de la Biblia, mandó construir la Torre de Babel que a la postre habría de parir todas las lenguas con las que se habrían de nombrar las cosas. No en vano la novela en lugar de abrirse con una cita la deja para el final, palabras de José Ángel Valente que urgen a no caer en el silencio más que con la muerte:
“El día en que este juego sin fin con las palabras se termine
habremos muerto.”
“- Cuando Cunqueiro dejó de escribir, descorchamos la botella y asomados a un ventanuco contemplamos la plaza, la catedral, la gente que iba y venía. Entonces, cago no demo, observé que los contornos de los edificios se hacían imprecisos, borrosos, y que alguna persona caminaba sin cabeza, otra sin brazos, que los picos de los montes se volvían cada vez más romos. Me estoy muriendo, pensé. Sobrio, pero muriendo. Cerré los ojos y los abrí de nuevo.”
uienes nos autodenominamos ‘feministas’ –ergo ‘de izquierdas’, o ‘progresistas’, aunque estos términos estén cada vez más denostados y vaciados de un significado puramente denotativo–, feministas digo sin especificar género, que de ambos -¿ambos?- géneros l@s hay; quienes nos cualificamos de tal, si además acarreamos un bagaje formativo-profesional llamémosle ‘académico’, hemos querido creer en una cierta linealidad del devenir histórico y social, sin duda atribuible a la visión historicista del marxismo imperante. El advenimiento del feminismo era pues inevitable –y era, además, razonable, entendido como justo, tanto como lo era para los marxistas la dictadura del proletariado. Sin embargo, la realidad y el paso de los años han acabado imponiéndose y demostrando que, fueran o no inevitables, ni uno ni otro eran en modo alguno ni en ningún caso definitivos, no ponían un punto final a la historia, ni en los términos que postuló Marx en el s. XIX, ni en los de Fukuyama en el s. XX.
El libro de Itzíar Ziga, entre otros muchos alegatos, viene a reírse de la caricatura del intelectual –por favor, léaseme el masculino como un genérico, no querría infestar este texto con barras -o/-a– del intelectual de izquierdas tópico y más al uso, o intelectual de despacho: serio, sesudo, articulado, erudito, infaliblemente coherente, pagado de sí mismo, verbalmente crítico con el sistema pero de facto integrado en sus estructuras de poder, acomodado –por no decir aburguesado. Los ideólogos del feminismo que han hecho Historia –con mayúsculas deliberadas– se incluyen sin ninguna duda en ese grupo. Ha habido desde los inicios de la modernidad una clara división del trabajo: el terreno de las ideas, para los intelectuales; el del activismo, para los políticos… y a partir del ocaso del s. XX yo añadiría que cada vez más para... los performers.
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Los intelectuales progresistas pretendían cambiar el mundo desde fuera, buscando un paradigma alternativo, invalidando las estructuras de poder y sus mecanismos de autoperpetuación; los performers, entre los cuales espero no errar en demasía si incluyo a Ziga, pretenden cambiar el sistema y los circuitos interpretativos desde dentro: no invalidando los procesos sino subvirtiendo su interpretación –y excuse el lector mi sesudo análisis, que me asigna sin apelación posible a uno de los dos grupos aquí descritos–: si no podemos sustituir un juego por otro… cambiemos al menos sus reglas, parecen gritar.
Este nuevo estilo de lucha guerrillera lleva ya décadas dejándose notar, y el rasgo común primordial en los diversos ‘movimientos’ que se han ido sucediendo en dicha guerrilla es una desviación del peso del discurso desde la ética en favor de la estética –espero no ofender a nadie ni parecer excesivamente banal. En definitiva, ha habido y hay cada vez más un desplazamiento de la lucha por el cambio –o la revolución–y contra la base misma del sistema desde el terreno de las ideas, en beneficio de la lucha de facto contra los mecanismos semióticos de interpretación de los sucesos que genera el sistema.
Desde mayo del ’68 no han cesado –aunque las bases se sentaran antes con Andy Warhol y la subsiguiente y a mi parecer bien llamada banalización e industrialización del arte– los movimientos contra-culturales que, fagocitados y reinterpretados por el sistema, no acaban siendo otra cosa sino modas: las flores, el hippismo, Californian surfing style, punks, grunge, sinister, dark, emo… La lucha contra el sistema ha dejado de ser un terreno reservado a los intelectuales, la elite que tiene –¿detenta? – la información y por tanto capaz de generar análisis comparativos y exhaustivos de verdad, argumentados, serios; la lucha progresista en los últimos 50 años, como el resto de sucesos sociales, arte incluido, se ha masificado y frivolizado, y hoy se reduce a la visibilización de la disconformidad propia con el ‘sistema’. Toda la pulsión generada por el malestar propio se concentra en la lucha del individuo contra la estética predominante o hegemónica, por usar un término connotado. Aunque todos los movimientos, para merecer tal epíteto, requieren de una cierta masa crítica, es decir, exigen la adhesión de individuos con determinadas características comunes al grupo, y una cierta solidaridad grupal.
El libro de Ziga a mi parecer encuadra perfectamente dentro de esta tipología de luchas anti-sistema: el solo título, apropiándose de ese tradicionalmente insultante perra, muestra su énfasis en la necesidad de una deconstrucción semántica del lenguaje y de los sucesos sociales más que en la necesidad de la abolición de dichos sucesos. Así, apela a la necesidad de desvirtuar el significado de puta, perra, haciendo de la etiqueta algo deseable en lugar de insultante o degradante.
El feminismo serio o intelectual pasó una etapa cierta en que preconizó la androginia (Simone de Beauvoir, El segundo sexo) como necesaria y deseable, ni siquiera como mal menor, sino como condición para acabar con la secular sumisión de lo femenino a lo masculino: se construyó como algo deseable la no-diferenciación morfológica; se construyeron como algo condenado a desaparecer las muestras nucleares de lo tradicionalmente femenino para todo el que pretendiera defender la causa de la igualdad sexual. Las modas unisex –modas al fin y al cabo– de los setenta son un buen ejemplo de ello.
En las últimas décadas en el feminismo serio ha habido un deslizamiento también en ese sentido, se ha repensado lo femenino desde una óptica de igualdad legal haciendo énfasis en la necesaria salvaguarda de las diferencias morfológicas y demás diferencias asociadas: la causa de la igualdad sexual no pasa ya por la uniformización sino por la equiparación de derechos manteniendo y visibilizando las diferencias inter-género, otorgándoles un cierto valor añadido y progresivamente en auge (Helen Fisher, El primer sexo, Taurus 1999).
El feminismo de Ziga va más allá, oponiéndose frontalmente al feminismo intelectual y reivindicando el activismo frívolo (performance), que se mofa del paradigma de lucha política intelectual, argumentativa, cohesionada, coherente y explicativa, en definitiva, moderna: aboga por una apropiación, desde un novísimo feminismo, de los símbolos nucleares de la feminidad para defender la hiperfeminidad formal y el eclecticismo estético con un significado... subvertido. Defiende la construcción de la feminidad a partir de la reinterpretación de la formas tradicionales (el color rosa, las faldas, el maquillaje, los ornamentos, las joyas), con un resultado final posmoderno: la deconstrucción de las fronteras de género, la abolición de la oposición tradicional masculino-femenino, y la disociación de lo masculino y femenino, respectivamente, respecto de la dotación cromosómica y la genitalidad: el sexo, o género, como prefieren llamarlo l@s nuev@s feministas, es autoconstruido y autoasignado, e independiente del signo de los genitales –que al final y al cabo, siempre son mutilables/reconstruibles. El género así se reduce casi más a una actitud o una pose que a ninguna otra cosa.
Este novísimo feminismo es cada vez menos político y ciertamente más estético, desvinculado de la lucha política progresista global que busca –tal vez mejor en pretérito, buscaba– un cambio radical en el sistema y un mejoramiento de las condiciones de vida extensible a todos. El feminismo de guerrilla apunta sólo a la superficie y se ha convertido en un fin en sí mismo, reducido a lo que yo llamo espectáculo de provocación, o a la espectacularización del sexo. No deja de sorprenderme el tufillo algo más que anecdótico a cierta heterofobia en este nuevo discurso que aboga por la hiperfeminidad con una finalidad invertida. No son una ni dos ni tres las activistas de este nuevo feminismo que refieren experiencias traumáticas tempranas con hombres, generalmente con la figura del padre. Pero no voy a hacer de este dato el centro de mi crítica, que, siguiendo la tradición de la modernidad, pretende ser intelectual, coherente y explicativa.
Una de las características que me solivianta de esta corriente es el aparcelamiento a que se ha visto sometido el pensamiento progresista o tradicionalmente de izquierdas: divide y vencerás, parecen frotarse las manos los derechistas de toda la vida. La izquierda cuarteada, como en la guerra civil, cada uno con su batalla personal: feminismo por un lado, anti-racismo por otro, nacionalismo por allá... Aun así, este dato es también anecdótico, de naturaleza poco más que pragmática, de forma que tampoco responde al núcleo de la mi postura crítica.
Mi principal argumento, el de más peso –al menos en cuanto a ideario– es el esteticismo que impregna todo el edificio sobre el que se construye este nuevo feminismo. Hay una preocupación a mi parecer excesiva por lo que se muestra más que por lo que se es, o mejor, se pretende hacer de lo que se muestra y de la interpretación que un tercero haga de ello el núcleo del discurso feminista. Es una especie de exhibicionismo incontestable, acompañado de una constante apelación a la subversión del significado de lo que se muestra. Pero es precisamente este necesario recurrir a la imagen, esta abogacía a una connivencia cómplice entre quien provoca y quien interpreta –rectamente o no, y léase rectamente como más apetezca- el objeto principal de mi crítica. Porque, en el fondo, tan deconstruible es un sistema de interpretación semiótica –el tradicional– como otro –el posmoderno.
Este nuevo feminismo no parece preocuparse de otra cosa más que de la simbología de lo femenino, bien para reafirmarse un@ mismo@ en su etiqueta sexual autoasignada, bien para mostrar y hacer explícita a un tercero dicha etiqueta: parece que su principal preocupación fuera conseguir autodefinirse como mujer, pero como una mujer nueva, que rompe con todos los tópicos tradicionalmente asociados a la feminidad, a quien no se le caen los anillos por yuxtaponer, por ejemplo, engarces de oro con atavío putero. Y eso sería bueno si no fuera la forma y el fondo del pretendido mensaje liberador, si no redujera todo lo que tiene de revolucionario a un ataque a la superficie de lo que significa ser mujer.
Hay en este discurso una increíble proliferación de epítetos: mariconas, transexuales, bolleras, camioneros... De nuevo, y ya de paso, divide y vencerás... Porque esta batalla que las nuevas feministas presentan como alternativa es en realidad una lucha estéril, al menos políticamente estéril, porque sólo hace de las formas su objeto de crítica, no ataca la raíz del problema, el fondo. Para la inmensa mayoría de mujeres, se autoasignen la etiqueta de género que se autoasignen, la problematicidad de su condición de mujer no tiene nada que ver con si prefieren las parejas a los tríos (o viceversa), si les ponen más las mujeres o los hombres, si les gusta más la penetración vaginal o la anal, si sus orgasmos son clitoridianos o vaginales, sin son o no multiorgásmicas, o si a lo largo de su vida han tenido tres parejas sexuales o varias centenas.
Encarar la lucha sexual así es un error, es casi subversivo, y les hace un flaco favor a las mujeres del futuro, porque es reduccionista, esteticista y epidérmica. A mi entender es perverso reducir lo que se ha entendido y se entiende extensamente por feminismo a eso. Aunque, claro está, para Ziga y sus perras yo no soy más que una de las integrantes del grupo de feministas moralistas, unas estrechas que hemos renunciado al hedonismo de pasarlo bien y del todo vale. Este nuevo feminismo no es, desde mi punto de vista, sino una caricatura del feminismo secular, y el modelo de mujer que propugnan no es otra cosa que, así mismo, caricaturesco.
Ester Astudillo es filóloga, lingüista, traductora y poeta (además de lectora voraz de los más variopintos textos).
Pocas revistas surcan las dunas de Internet con tanto virtuosismo y belleza como ‘Poe +’, que impulsa la creación poética y gráfica de todo aquel que tenga algo que compartir. Claro, que no todo vale. ‘Poe +’ es beduino atento al paisaje cambiante de las letras, por ello escoge cuanto merece la pena.
Su quinta entrega es un monográfico sobre poemas visuales, un auténtico florilegio de apuestas imaginativas, portentosas, provocativas, clásicas –más o menos-, sugerentes en cualquier caso. ‘Poe +’, producido por Aldea Global Comunicaciones, y dirigido y diseñado por Antonia Amores y Bruno Jordán, constituyen, con este número de mayo, un auténtico oasis en el que la creación es posible y no admite crisis alguna.
Un total de cincuenta artistas, entre poetas, pintores, fotógrafos, escritores y humoristas arman un inmenso rompecabezas en el que se interpela al espectador y le subyuga, bien por el surrealismo (de Adriana Bañares, de Arturo Comas con ‘El sueño de cada día’ o de Ian Welden con ‘El desenmascarado’), por el toque pop (‘Besos’, de Silvia Lissa o ‘Màgia’, de Óscar Garriga) o incluso la brizna bizarra ("PRE-CRISIS", de César Reglero).
Particulares homenajes se entrecruzan en este número, como el de Miguel Hernández (Edu Barbero), Moebius (Jesús Andrés) o Joan Brossa (A. Brossa y J. Searfree), hasta conseguir una masa perfecta para que cada lector dore con aquellos sentimientos, impresiones y recuerdos que procedan.
Por último, cabe destacar la portada. Si ésta hubiera sido en blanco y negro, la podríamos adjudicar al mismísimo Madoz (una mariposa con las alas extendidas cuyo cuerpo no es otra cosa más que una bisagra), aunque en el caso que nos ocupa su paternidad se debe a Sergi Quiñonero.
Asturias, Grecia, Madrid, Argentina, Chile, Murcia, México o Córdoba son algunos de los lugares de procedencia de las creaciones de este monográfico, indispensable para los amantes del buen hacer.
Esther Peñas es responsable del Departamento Digital de FSC, de Fundación ONCE. Colabora con artículos en la revista de Greenpeace y en distintas publicaciones de Servimedia. Ha publicado dos libros de poesía (‘De este ungido modo’, Devenir, y ‘Los jueves poéticos’, Hiperión) y este año verán la luz ‘Penumbra’, también en Devenir, y ‘Trovadores de silencios’, en Calambur. Además, ha escrito dos novelas, ‘Los silencios de Babel’ y ‘El peso de una sombra’, editadas por Odisea Editorial.
Cátedra publica La luz en las palabras, una antología más que necesaria para recuperar la figura y la obra de alguien tan fundamental en nuestra poesía como lo es el poeta salmantino Aníbal Núñez, un autor que pasó a la oscuridad por parte de gran sector de la crítica con el marchamo de "maldito" o cuanto menos "raro" (qué daño hacen los marbetes), si bien, es justo reconocer la edición en dos volúmenes de su obra completa por parte de la editorial Hiperión (sería muy conveniente reeditarla, si me permiten el deseo más que opinión).
La obra de Núñez está, como en gran parte de sus coetáneos, en ese punto de la poesía española que pasa de una obra eminentemente social a otra de carácter más culturalista que tiene su primer escalón en los llamados sesentayochistas y su punto de exaltación más conocida como son los denominados novísimos.
Núñez, para quien la poesía es una liberación del lenguaje de su valor utilitario y un acontecimiento verbal de una experiencia estética libre, revela una escritura lúcida y reflexiva que sigue una línea que abarca desde Rimbaud y Mallarmé hasta Ezra Pound, y basa su obra en un consciente artificio retórico y formal donde injerta la actualidad de su época (el llamado estilo camp que usaran, entre otros Vazquez Montalbán y Martínez Sarrión), donde aparecen entremezclados la mitología clásica con sloganes publicitarios, muchachitas recatadas que van a guateques, emigrantes, el desarrollismo que mata lo rural, letras de cuplé... todo ello con la consciencia de usar, de vivir, el lenguaje como realidad. En estas líneas se mueve la poesía de Aníbal Núñez, circundando, visitando, cruzando, desmenuzando ciudades, ruinas y la naturaleza como ejes temáticos de su obra.
Reconozcamos, pues, a este poeta como un poeta del lenguaje y disfrutemos, junto a él, de su escritura.
Antonio Linares Familiar es profesor de inglés, poeta y traductor, autor de Bajo la sombra de mil vidas, parte de su obra está incluida en las antologías: Quinta del 63, Rivas Cuenta y La Voz y la Escritura. Como traductor tiene publicada La Escalera de Caracol y otros poemas de W.B. Yeats.
Casa de aire, último poemario de Francisco Cenamor, resulta un texto intenso. Dividido en tres partes: Casa de aire, Ríos de gente y Última función (esta última una clara referencia a la vocación teatral del autor) en las que se exponen el recorrido vital del poeta a través de poderosas imágenes. Cenamor consigue hacer de cada poema una instantánea que maneja a su antojo, distorsiona, enfoca o desenfoca con el objetivo de su palabra, a la vez que las transforma en un diario vital del desarraigo del que somos testigos todos los días y que, en la mayoría de las ocasiones, nos negamos a observar.
Consciente de esa pasividad colectiva, Francisco Cenamor nos agita, nos trae en su mano a desheredados, transeúntes anónimos , poseedores de visa oro, perros abandonados, noches, horas, paisajes urbanos... todos imbricados en una consciencia que, como los ríos de gente, nos llevan a una estación vital, y a otra, y a otra, con un lenguaje claro, conciso, desnudo, con la voz de Cenamor, sincera, hiriente y desnuda como el aire que circunda la casa de su poemario.
Antonio Linares Familiar es profesor de inglés, poeta y traductor, autor de Bajo la sombra de mil vidas, parte de su obra está incluida en las antologías: Quinta del 63, Rivas Cuenta y La Voz y la Escritura. Como traductor tiene publicada La Escalera de Caracol y otros poemas de W.B. Yeats.